Cap 23 : Inicios

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El agua aún resbalaba por mi piel mientras me secaba con la tela áspera que me habían dejado.

Por fin, había logrado una ducha después de días de suciedad y cansancio, pero el lugar no se sentía seguro.

Las paredes del refugio eran frías, y la puerta crujía con el viento que se colaba por las rendijas.

El ambiente, aunque aparentemente tranquilo, me hacía sentir inquieta.

De pronto, la puerta se abrió, y Björn apareció. Me saludó con una leve sonrisa, pero no respondí.

No podía.

Algo dentro de mí se negaba a relajarse del todo.

Sabía que él no era una amenaza, pero aún así, no podía quitarme esa sensación de alerta.

Björn pareció entender mi silencio. Sin insistir, caminó hacia mí y, con voz calmada, dijo: —Te traje comida recién hecha

El aroma llegó antes que sus palabras.

Sopa caliente, carne asada, algo más que no pude identificar.

Mi estómago rugió, pero me mantuve inmóvil, observándolo.

Sabía que, en algún momento, tendría que bajar la guardia.

Pero no ahora.

No todavía.

Björn se detuvo un momento en la puerta, girándose hacia mí una última vez.

Su mirada era tranquila, pero en sus ojos había algo más, una preocupación discreta que no quiso poner en palabras.

Dejando el plato con comida sobre la mesa, habló con suavidad:

—Descansa, señorita.

El tono fue respetuoso, pero su voz llevaba un peso que me hizo dudar por un segundo.

Asentí levemente, sin palabras, y lo observé salir mientras el eco de sus pasos se desvanecía.

El refugio seguía sintiéndose inseguro, pero su despedida dejó una pequeña chispa de calma.

Quizá, al menos por esta noche, podría intentar descansar.

El viento soplaba con más fuerza, haciendo crujir aún más las paredes del refugio.

Justo cuando creía que podría intentar descansar, la puerta se abrió nuevamente, esta vez sin el sigilo de Björn.

Entró un hombre alto y robusto, su silueta iluminada por la débil luz de la luna.

El reflejo en su rostro lo hizo reconocible de inmediato.

Era él, el guardia cuya mano había dañado tiempo atrás.

El aire entre nosotros se volvió denso, cargado de una tensión que iba más allá del simple encuentro.

Di un paso atrás, sorprendida por su aparición.

Las palabras se me escaparon sin pensar.

—Lo siento.

El hombre me miró fijamente, su expresión era difícil de leer.

Cerró la puerta detrás de él, manteniendo su postura firme.

Durante unos segundos, solo se escuchó el sonido del viento, mientras él me observaba con ojos penetrantes.

—¿Lo sientes? —repitió, su voz grave resonando en el pequeño espacio—. No es algo que escucharía de alguien como tú.

Me quedé en silencio, sin saber cómo responder a esa afirmación.

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