El eco de los gritos resonaba en la noche.
Habían llegado hasta mí mientras estaba en la despensa, buscando provisiones.
Al salir, el caos ya se había desatado: guardias corriendo, armas resonando en los pasillos.
Algo grave estaba ocurriendo.
Tomé mi espada y avancé con cautela.
No era ajena al peligro, pero incluso así, el nudo en mi estómago se apretaba con cada paso.
Cuando llegué al patio principal, el silencio era casi más aterrador que los gritos.
Los cuerpos de los guardias yacían en el suelo, heridos o inconscientes.
Un grupo de hombres desconocidos avanzaba hacia mí, sus ojos brillando con intenciones oscuras.
—¿No tienen vergüenza? —pregunté, levantando la espada y colocándome en posición de defensa—. ¿Un grupo de cobardes contra una sola mujer?
Uno de ellos se rió, un sonido áspero y desagradable.
—Veremos si sigues hablando así cuando terminemos contigo.
El primero avanzó, y su ataque fue directo pero predecible. Bloqueé con fuerza, giré sobre mis pies y lo derribé de un golpe al costado.
Sin embargo, los demás no se quedaron atrás.
Pronto estaba rodeada, peleando por mi vida con cada movimiento.
El sonido de cascos resonó a lo lejos, y entonces lo vi: Ivar, montado en su caballo, con un grupo de hombres detrás de él.
La expresión en su rostro era de pura furia, como si el simple hecho de que yo estuviera en peligro fuera una afrenta personal.
—¡Dejen de respirar ahora mismo! —gritó mientras desmontaba, su espada ya en mano.
La batalla fue rápida.
Los hombres, viendo la llegada de refuerzos, retrocedieron, pero no sin antes dejarme con un par de cortes que ardían en mi piel.
Cuando el último huyó, Ivar se giró hacia mí.
El enfrentamiento
—¿Qué demonios hacías sola aquí? —gritó, sus ojos chispeando con una mezcla de preocupación y rabia—. ¿Acaso querías morir?
—¿Qué importa eso ahora? —respondí, limpiando la sangre de mi espada y respirando con dificultad—. Puedo cuidarme sola, como acabas de ver.
—¿Cuidarte sola? —se burló, su tono ácido como un veneno—. Claro, porque rodeada de hombres armados es obvio que tenías todo bajo control.
—¡No necesitaba tu ayuda! —grité, acercándome a él, mi rabia creciendo con cada palabra—. No soy una de tus malditas damiselas en apuros.
Su risa fue corta y cruel.
—¿De verdad te crees tan fuerte? No eres más que una niña jugando a ser guerrera. Lo único que haces es ponerte en peligro y arrastrar a otros contigo.
Sus palabras me golpearon como una bofetada, más dolorosas que cualquier herida física.
Sentí el calor subiendo a mi rostro, mi orgullo ardiendo.
—¿Y tú qué sabes? —escupí, mis palabras llenas de veneno—. Todo tu supuesto poder no es más que una fachada. Sin tus hombres, sin tu espada, no eres más que un niño malcriado.
Su rostro se tensó, y antes de que pudiera reaccionar, se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal.
—¿Quieres saber qué soy? —gruñó, sus ojos clavándose en los míos con una intensidad que me hizo temblar—. Soy todo lo que tú nunca serás.
La rabia me consumió. Sin pensar, levanté mi mano y lo golpeé en la cara.
Su cabeza giró por el impacto, pero antes de que pudiera retroceder, él respondió con un empujón que me hizo tambalear.
La pelea física fue breve pero feroz.
Ambos estábamos agotados de la batalla anterior, pero eso no impidió que nuestros cuerpos chocaran, que nuestras palabras se convirtieran en cuchillos afilados.
—Siempre estás sola porque nadie puede soportarte —dijo, su voz goteando veneno.
—Y tú siempre estás rodeado porque tienes miedo de enfrentarte a ti mismo —respondí, mis ojos ardiendo de rabia.
Finalmente, ambos nos detuvimos, nuestras respiraciones pesadas llenando el espacio entre nosotros.
El silencio que siguió no fue pacífico; estaba cargado de resentimiento y algo más que no quería admitir.
—Esto no ha terminado —dije, limpiando la sangre de mi labio mientras lo miraba con desafío.
—No, no lo ha hecho —respondió.
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El eco de los gritos resonaba por los pasillos del castillo.
No podía evitarlo; Ivar sacaba lo peor de mí, y yo, de él.
Había pasado de las miradas tensas y los comentarios sarcásticos a algo más visceral.
El odio entre nosotros era tangible, una cuerda tirante a punto de romperse.
Thorgrim, siempre en las sombras, había decidido intervenir esta vez.
Su imponente figura apareció en la habitación como un trueno, haciendo que el ambiente se enfriara al instante.
Su expresión era una mezcla de furia y desaprobación.
—¡Basta! —rugió, y antes de que pudiera procesarlo, sentí el golpe en mi mejilla. Fue directo, limpio, como si hubiera estado esperando este momento.
Apenas unos segundos después, el impacto resonó también en el rostro de Ivar.
Ambos tambaleamos, sorprendidos por igual.
Thorgrim nos observó con desprecio, como si fuéramos niños peleando por un juguete roto.
No dijo nada más.
No lo necesitaba.
El rey llegó poco después, su presencia imponente llenando la habitación.
Su voz, cargada de fastidio, cortó el silencio como una espada.
—Decirse groserías es una cosa, pero llegar a los golpes… eso es otro nivel. —Caminó alrededor de nosotros, como un depredador evaluando a sus presas.
Finalmente, se detuvo, mirándonos con una indiferencia escalofriante—. No me importa si se matan, pero si van a hacerlo, háganlo fuera de mi castillo.
Thorgrim no necesitó más permiso.
Se acercó a mí con una mirada que quemaba.
Antes de que pudiera reaccionar, me agarró del pelo, tirando de él con fuerza.
—Pensé que eras más inteligente. Decepcionando como siempre. —Su voz era baja, un susurro que dolía más que cualquier golpe.
Luego, me soltó con desdén, como si no fuera más que una carga insignificante.
La rabia bullía en mi interior, un fuego incontrolable que amenazaba con consumirme.
No miré a Ivar.
Ni siquiera valía la pena.
Me di la vuelta y me fui, sintiendo sus miradas clavadas en mi espalda.
Caminé por los pasillos con pasos firmes, apretando los puños para contenerme.
El dolor físico era nada comparado con el enojo que me invadía.
No era humillación lo que sentía, era pura ira.
Al llegar a mi habitación, cerré la puerta de un portazo y respiré hondo, dejando que el silencio me envolviera.
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Realmente no ha terminado?
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El Mismo Temperamento
FantasyXacnia siempre penso que nadie la entenderia por su mente macabra,nunca penso que encontraria a alguien con el mismo temperamento de locura hasta tal punto de asesinar
