Cap 40 : Coco y Vainilla

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Nos perdimos en el beso, en la intensidad de un contacto que parecía imposible de romper.

Ivar me sostenía firmemente contra él, y yo me aferraba a su rostro como si, en ese instante, fuera el único ancla en el mundo.

Todo era calor, desesperación, una mezcla de rabia y deseo que finalmente habíamos dejado explotar.

Justo cuando me rendí por completo, cuando sentí cómo toda resistencia se desvanecía, un golpe fuerte y repentino en la puerta nos separó.

Ivar gruñó, claramente molesto, mientras yo intentaba recuperar el aliento.

La realidad volvió a caer sobre nosotros, y el silencio tras el golpe se volvió espeso.

Ambos nos miramos, sorprendidos y aún llenos de la energía del momento.

La confusión y la tensión permanecían en nuestros rostros.

Sin apartar su mirada de la mía, Ivar dijo en un murmullo bajo y desafiante:

—No abras.

Pero ignoré su advertencia, intentando mantener la calma mientras recomponía mi ropa y alisaba mi cabello, como si eso fuera suficiente para borrar el momento que acabábamos de compartir.

Aún sentía sus labios en los míos y la intensidad de su mirada clavada en mí, pero reuní el valor y le dije en un susurro:

—No te muevas.

Ivar me miró con una mezcla de fastidio y resignación, pero no insistió.

Se quedó en las sombras de la habitación mientras yo avanzaba hacia la puerta y la abría lentamente.

Del otro lado estaba Matteo, con una expresión despreocupada que me hizo sentir un torbellino de incomodidad.

Sosteniendo un libro en sus manos, me lo extendió con una sonrisa amable.

—Te olvidaste esto en el comedor —dijo, su voz tranquila, como si todo fuera lo más normal del mundo.

—Oh… gracias, Matteo —respondí, esforzándome por sonar calmada mientras tomaba el libro de sus manos.

Sentía el peso de la presencia de Ivar detrás de mí, y me era imposible ignorar cómo mi cuerpo aún estaba lleno de la tensión de ese beso.

Matteo me dedicó una última mirada y, con un leve gesto de despedida, se dio la vuelta para irse.

Me quedé en la puerta, observándolo desaparecer por el pasillo, incapaz de ignorar el remolino de emociones que se mezclaban dentro de mí.

Fue un alivio y una extraña incomodidad a la vez.

Tan pronto como Matteo estuvo fuera de vista, Ivar soltó una risa suave y sarcástica detrás de mí.

—¿Tanto tiempo lo vas a mirar?

Giré para encontrarme con su expresión burlona, pero sus ojos estaban oscuros, con una chispa de molestia que no intentaba ocultar.

—Deberías irte —le dije, mi voz algo firme, aunque sabía que era imposible imponerle nada a Ivar.

Él me observó unos segundos en silencio, y aunque pareció considerar marcharse, de pronto su mirada se volvió astuta.

Dio un paso hacia mí, invadiendo de nuevo mi espacio, su expresión burlona y un poco desafiante.

—Tu olor… coco y vainilla, ¿no? —dijo, su tono cargado de ironía, mientras alargaba la mano hacia mi mesa y tomaba mi frasco de perfume.

—¿Qué haces? —exclamé, extendiendo la mano para quitárselo.

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