Cap 82: Cavoclos

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Me subí al bote con rapidez, el agua golpeando las rocas cercanas y la corriente empujando con fuerza.

El bote, pequeño y frágil, comenzó a deslizarse hacia la cascada, luchando contra las olas heladas que amenazaban con volcarme en cualquier momento.

Mi cuerpo estaba tenso, mis manos aferradas al borde de la embarcación, mientras la corriente arrastraba el bote con una violencia imparable.

El agua, fría como hielo, me empapó en un instante.

Cada gota que caía sobre mi piel parecía una aguja, clavándose profundamente en mis huesos.

El viento cortante me azotaba la cara, dejándome casi sin aliento, pero seguí avanzando, con los músculos tensos, el corazón latiendo al ritmo de la lucha contra la corriente.

El bote se balanceaba, y la tormenta de agua me envolvía cada vez más.

Mis ropas estaban empapadas, mi cuerpo congelado, pero no podía detenerme.

No podía rendirme ahora, no después de haber llegado hasta aquí, después de todo lo que había soportado.

A través de la niebla helada y el rugir del viento, solo podía ver el blanco cegador de las olas rompiendo contra las rocas a cada lado.

El tiempo parecía dilatarse, como si el frío me congelara no solo por fuera, sino también por dentro.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que me había embarcado en esa lucha contra las aguas.

Todo lo que sabía era que el amanecer estaba cerca.

La oscuridad de la noche comenzaba a desvanecerse, y una tenue luz comenzaba a colarse entre las nubes, tiñendo el cielo de un color rosa pálido.

El amanecer era hermoso, un espectáculo de colores que contrastaba con la tormenta que aún me azotaba.

Sin embargo, no pude disfrutar del momento.

La violencia del agua me arrastró nuevamente, y cuando menos lo esperé, el bote chocó con una enorme piedra oculta bajo la superficie.

El golpe fue tan brutal que el bote se volteó con un estruendo, y antes de que pudiera reaccionar, me encontré sumergida en el agua helada, completamente desorientada.

El agua fría me envolvió rápidamente, llenándome los pulmones.

La corriente era tan fuerte que no podía nadar hacia la superficie.

Me sentí como si estuviera siendo arrastrada hacia el fondo, como si el mar quisiera tragármelo todo.

No podía respirar.

Mis ojos se llenaron de agua, mis oídos zumbaban por el sonido de la corriente, y el frío se apoderó de mi cuerpo, casi paralizándome. Intenté moverme, luchando, pero mis fuerzas se desvanecían rápidamente.

La presión en mi pecho aumentaba, y mis extremidades empezaron a sentirse como plomo, incapaces de moverse.

El frío me congelaba hasta los huesos, el dolor era insoportable, y mi mente comenzó a oscurecerse.

Ya no podía pensar, ni luchar.

Todo lo que sentía era el agua, el hielo, y la quietud que se apoderaba de mi ser.

Me dejé llevar, mi cuerpo se fue relajando lentamente, y la conciencia comenzó a desvanecerse.

Y entonces, finalmente, no sentí nada más.

Solo oscuridad.

El silencio absoluto.

Me había rendido al abrazo mortal del agua, a la fuerza de la corriente que me había vencido.

































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