La cueva era húmeda y opresiva, sus paredes adornadas con cráneos humanos y símbolos tallados en la roca.
Cada paso resonaba en el vacío, como si la oscuridad misma estuviera viva, esperando.
Había llegado al final de mi búsqueda.
Mi corazón latía con fuerza, pero no por miedo, sino por la expectativa de encontrar finalmente a los Guardias del Viento.
De repente, una voz ronca y arrastrada rompió el silencio:
—¿Acaso mis ojos ven lo que están viendo?
Me detuve en seco, buscando con la mirada.
No había nadie a la vista, solo sombras que se movían como si tuvieran vida propia.
—¿Quién eres? —pregunté, tratando de sonar más valiente de lo que me sentía.
La voz respondió, ahora más cercana:
—La pregunta no es quién soy yo, sino cuántos somos.
Fruncí el ceño.
Antes de que pudiera replicar, la cueva desapareció de repente a mi alrededor.
Parpadeé, desorientada.
Ahora estaba de pie en la cima de una montaña gigantesca, con una alfombra verde extendiéndose hasta el horizonte.
Pero el cielo... todo el cielo y el paisaje eran de un rojo intenso, como si el sol hubiera sangrado sobre la tierra.
—¿Qué es esto? —murmuré, incapaz de apartar la vista del extraño panorama.
La voz volvió a hablar, pero esta vez parecía venir de todas partes.
—No eres de las que creen en estas cosas, ¿verdad? Y sin embargo, aquí estás.
El suelo bajo mis pies era firme, pero sentí un escalofrío recorrerme.
La montaña parecía viva, como si respirara.
Mientras la voz hablaba, el paisaje a mi alrededor cambiaba, cada palabra transformaba mi entorno.
—Las Guardias del Viento no son solo hombres y mujeres —continuó la voz—. Somos los guardianes del conocimiento prohibido, los portadores de secretos que el viento susurra al oído de quienes tienen valor.
Cerré los puños, mi paciencia empezaba a agotarse.
—No he venido aquí por cuentos —espeté—. ¿Dónde están?
El suelo tembló bajo mis pies, pero no caí. Una risa seca resonó en el aire.
—Están más cerca de lo que imaginas. ¿Por qué crees que el viento te trajo aquí?
De pronto, el paisaje volvió a cambiar.
La montaña se desvaneció, y me encontré en lo que parecía un templo antiguo.
Estaba rodeada de columnas cubiertas de plumas negras y rojas, que se mecían a pesar de la falta de viento.
Frente a mí había cuatro figuras.
Llevaban máscaras talladas con símbolos que parecían moverse bajo la luz.
—¿Son ustedes? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
Una de las figuras, la más alta, dio un paso adelante.
Su máscara tenía el símbolo que había perseguido durante tanto tiempo.
Entonces, las voces comenzaron nuevamente, como susurros atrapados en el aire.
Pero ya no me hablaban directamente.
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El Mismo Temperamento
FantasyXacnia siempre penso que nadie la entenderia por su mente macabra,nunca penso que encontraria a alguien con el mismo temperamento de locura hasta tal punto de asesinar
