Cap 91 : Palabras al Amanecer

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La habitación parecía pequeña, como si el aire mismo se hubiese condensado entre nosotros, atrapándonos en un momento que ninguno de los dos sabía cómo detener.

Ivar estaba sentado en el borde de la cama, inmóvil, con la mirada fija en mí.

Sus ojos oscuros eran un abismo de emociones: deseo, frustración, y algo más profundo, algo que casi parecía miedo.

Me acerqué lentamente, dejando que el silencio hablara por mí.

Coloqué mis manos sobre sus hombros y me incliné hacia él.

Mi respiración se mezcló con la suya mientras mis labios rozaban su cuello.

Lo besé despacio, dejando que mi boca marcara un camino por su piel, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía con cada caricia.

Ivar dejó escapar un suspiro bajo, casi un gruñido, y sus manos finalmente intentaron moverse hacia mí, buscando tomar el control.

Pero lo detuve, atrapando sus muñecas con delicadeza, aunque con firmeza.

—Deja que sea yo esta vez —murmuré, mi voz más suave de lo que esperaba.

Lo empujé con cuidado hacia atrás, guiando sus manos por encima de su cabeza y presionándolas contra el cabecero de madera.

Lo miré a los ojos, asegurándome de que entendiera que no iba a permitir que se resistiera.

Por un instante, vi algo cruzar su mirada: sorpresa, sí, pero también una chispa de rendición, como si estuviera dispuesto a entregarme el control.

Me arrodillé frente a él, dejando que mis labios continuaran su exploración por su pecho, su abdomen, cada centímetro de piel que se tensaba bajo mi toque.

Sentí cómo su respiración se volvía más errática, cómo su cuerpo respondía a mis caricias.

Cada beso, cada roce era una afirmación de algo que no habíamos dicho en palabras.

—Xacnia... —murmuró, su voz entrecortada, cargada de una emoción que no podía nombrar.

—Shh —susurré, colocando un dedo sobre sus labios. Lo vi cerrar los ojos por un momento, como si intentara procesar todo lo que estaba sucediendo, como si no supiera si debía luchar contra ello o dejarse llevar.

Sus manos intentaron liberarse una vez más, pero las sostuve firmemente, llevándolas de vuelta sobre su cabeza.

—Confía en mí —le pedí, mi voz apenas un murmullo en la quietud de la habitación.

Me monté sobre él con una lentitud calculada, dejando que nuestros cuerpos se encontraran en un ritmo que parecía dictado por algo más grande que nosotros.

Cada movimiento era un lenguaje propio, una conversación entre nuestras almas.

No había prisa, no había torpeza.

Solo estábamos nosotros, conectados de una manera que iba más allá del simple deseo.

Ivar me miraba como si no pudiera decidir si estaba siendo vencido o liberado.

Su pecho subía y bajaba con fuerza, y sus manos, finalmente libres, se deslizaron por mi espalda, su tacto lleno de una mezcla de ternura y necesidad.

—Eres... diferente a todo —susurró de repente, sus palabras casi inaudibles, pero las sentí como si hubieran sido gritos.

Me detuve por un momento, mirándolo fijamente.

No respondí, pero dejé que mis labios buscaran los suyos.

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