El amanecer teñía el horizonte de un rojo intenso, como si presagiara la sangre que estaba por derramarse.
El campamento estaba en silencio, salvo por el sonido de las armas al ser preparadas y los murmullos de los guerreros que ofrecían sus plegarias.
A lo lejos, los tambores del enemigo marcaban un ritmo lento y ominoso.
Había entrenado toda la semana, más allá de mis propios límites.
Cada músculo en mi cuerpo estaba tenso, preparado para lo que estaba por venir, pero también cansado.
Aun así, no podía permitirme flaquear ahora.
Ivar se encontraba a mi lado, ajustándose las correas de su armadura.
Era imponente, incluso sin intentar serlo.
Sus ojos azules oscuros, siempre tan intensos, ahora parecían dos brasas encendidas, llenos de determinación y algo más que no podía identificar del todo.
El segundo asalto
El cuerno resonó por segunda vez, y nuestras tropas se reorganizaron con una rapidez que solo la desesperación y el instinto de supervivencia pueden lograr.
Esta vez, la formación enemiga se veía más sólida, más preparada.
Sus guerreros avanzaban como una marea imparable, con estandartes ondeando y sus líderes gritando órdenes que no alcanzaba a comprender.
Ivar me lanzó una mirada fugaz antes de colocarse al frente.
Yo estaba a pocos pasos detrás de él, pero aún podía ver cómo ajustaba la empuñadura de su espada con movimientos precisos.
Era un guerrero en todo el sentido de la palabra, pero también era humano, y en su postura rígida podía adivinar que incluso él sentía la presión de lo que estaba por venir.
Avanzamos.
Los gritos se alzaron de nuevo, y el choque de las dos fuerzas fue tan brutal que por un momento mi mente quedó en blanco.
Todo se redujo al movimiento de mi espada, el crujir del acero contra los escudos y los jadeos de mis enemigos mientras caían.
Un hombre enorme, con un hacha que parecía capaz de partir a un caballo, se lanzó hacia mí.
Esquivé su primer golpe por poco, el viento del hacha rozó mi rostro.
No tenía tiempo para pensar; moví mi espada con rapidez, cortando el tendón de su pierna.
El gigante cayó, pero antes de que pudiera rematarlo, otro enemigo apareció detrás de él.
—¡Xacnia! —gritó Ivar, su voz sobresaliendo por encima del caos.
Un escudo voló por el aire y se estrelló contra mi atacante, derribándolo.
Miré hacia atrás y vi a Ivar, sudoroso y cubierto de sangre que no era suya, pero con una sonrisa torcida en el rostro.
—¿Siempre tienes que meterte en problemas? —bromeó antes de volverse hacia su siguiente oponente.
Aunque estábamos luchando con todo lo que teníamos, la situación comenzaba a empeorar.
La fuerza del enemigo parecía interminable, y sus refuerzos no dejaban de llegar.
Fue entonces cuando lo vi.
Ragnar, en el centro del campo de batalla, liderando una carga con su propia guardia personal.
Su presencia era imponente, casi sobrenatural.
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El Mismo Temperamento
FantasyXacnia siempre penso que nadie la entenderia por su mente macabra,nunca penso que encontraria a alguien con el mismo temperamento de locura hasta tal punto de asesinar
