Caminaba por los pasillos del castillo, la oscuridad de la noche rodeándome, cuando sentí su presencia detrás de mí.
Ivar no podía estar lejos, siempre me seguía como una sombra.
No era sorpresa que me encontrara justo allí, cerca.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, sin girarme.
Escuché su respiración acercándose más.
Estaba seguro de que su furia lo había llevado hasta mí.
Y no me equivoqué.
—No voy a quedarme sin respuestas —dijo, su voz tajante—. ¿Qué pasó entre tú y mi padre? ¿Por qué no me lo dijiste?
Me detuve, girando lentamente hacia él, sosteniendo su mirada desafiante.
—¿Por qué debería explicarte algo? Soy tu reina, Ivar —respondí, manteniendo la calma a pesar de la tensión que comenzaba a aumentar.
Sus ojos se entrecerraron, y su enojo aumentó.
Podía sentirlo en el aire.
Pero eso no iba a intimidarme.
Lo sabía desde el principio: su rabia no era más que una fachada para algo más profundo.
—Maldito mentiroso... Perdiste la memoria, ¿verdad? O quizás recordaste todo
— Sí, Xacnia, recordé todo. ¿Qué te gustó más? ¿La marca en tu piel? ¿Los libros? ¿Los dibujos? O tal vez... ¿cómo te traté? ¿Cómo te besé?—dijo Ivar, con una sonrisa amarga
El sonido de su voz me recorrió como un escalofrío.
Mi respiración se hizo más profunda, mi mente un poco más fría.
—Sabes qué te da bronca, Ivar. No eres ni la mitad de lo que es tu padre. Él, al menos, me comprendió mejor que tú. Me satisfizo más de lo que tú jamás pudiste.
Ivar frunció el ceño, su ira creciendo aún más.
La tensión entre nosotros era palpable, como si el aire a nuestro alrededor estuviera cargado de electricidad.
—Vaya... ¿la reina se mete con el padre y con el hijo? —dijo, con una sonrisa amarga.
No me aparté ni un paso.
Su rabia solo alimentaba mi determinación de mantenerme firme.
—Nunca podrás satisfacer a una mujer como lo hizo tu padre. Eso es algo que jamás podrás superar. Es algo... inolvidable.
Hubo un momento de silencio, uno denso, cargado de algo que ni él ni yo podíamos controlar.
Finalmente, Ivar habló, su voz llena de furia y un toque de desesperación.
—Deja de hablar de mi padre —dijo, apretando los dientes.
Lo miré fijamente, sin miedo. Su enojo ya no me sorprendía.
—No me digas qué hacer. Soy tu reina, ¿lo recuerdas?
La mirada que me dio fue feroz, pero había algo más, algo que no entendía completamente.
Lo que dijo a continuación me sorprendió.
—Te respeto, Xacnia. Pero no eres un dios, no puedes exigirme que te trate como tal —respondió, la rabia y el respeto entrelazados en sus palabras.
Le di una ligera sonrisa, sabiendo que mi siguiente respuesta lo golpearía como siempre.
—¿Sabes qué? Si pido que te corten la cabeza, lo harán. Y no lo hago por tu padre, ni por todo lo que me has hecho. Es solo porque soy tu reina y porque no soy como las demás.
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El Mismo Temperamento
FantasyXacnia siempre penso que nadie la entenderia por su mente macabra,nunca penso que encontraria a alguien con el mismo temperamento de locura hasta tal punto de asesinar
