Cap 61 : 2 x 1

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La llegada de un mensajero misterioso

La tarde se desvanecía lentamente, pintando el castillo con tonos dorados y naranjas, mientras la sombra de la noche comenzaba a deslizarse por las paredes de piedra.

Me encontraba en la biblioteca, sumida en mi tarea de organizar algunos de los libros que Ivar me había mostrado.

Había algo en sus textos que siempre me dejaba pensando, como si cada palabra estuviera cargada de secretos que aún no había descifrado.

Sin embargo, mi mente no estaba centrada en los libros esa tarde; algo en el aire parecía diferente, pesado, como si el castillo estuviera esperando algo.

El sonido de los cascos de un caballo resonó a lo lejos, y por un momento pensé que era mi imaginación.

Pero al poco tiempo, el sonido se hizo más fuerte, y pude distinguirlo claramente.

Un jinete se acercaba al castillo con rapidez.

El eco de sus pasos sobre la tierra sembró una tensión en el aire.

Instintivamente, me levanté de mi asiento y me dirigí hacia la ventana para ver quién llegaba.

Allí estaba, un hombre envuelto en una capa oscura, que apenas dejaba ver su rostro.

Su andar era rápido, decidido, como si estuviera huyendo de algo.

Un escalofrío recorrió mi espalda al observarlo.

Aunque no sabía quién era, sentí que su presencia no era algo que pudiera ignorarse.

El portón principal del castillo crujió al abrirse, y los guardias se pusieron al instante en alerta.

El hombre desmontó con agilidad y se dirigió sin vacilar hacia la sala principal del castillo.

Me acerqué al vestíbulo, donde los soldados y sirvientes ya murmuraban entre ellos, mirando al visitante con curiosidad.

Por alguna razón, el hecho de que no me detuviera a hablar conmigo me hizo sentir aún más inquieta.

Fue Ubbe quien recibió al mensajero, su rostro impasible ante la aparición de este extraño.

El hombre le entregó una carta sellada, y por un instante, pude notar cómo Ubbe se tensaba al recibirla.

El sello que adornaba la carta era rojo, y en él había una figura que no reconocí: un cuervo volando hacia una luna llena.

No era un símbolo común en los castillos vikingos, y eso me desconcertó aún más.

Me acerqué a ellos, incapaz de callar la curiosidad que me consumía.

—¿Qué es eso? —pregunté, mirándolos fijamente.

Ubbe, sin responder de inmediato, rompió el sello con una calma inquebrantable, como si ya estuviera acostumbrado a recibir cartas de este tipo.

Sus ojos recorrían las palabras en la carta rápidamente, y fue entonces cuando noté un cambio sutil en su expresión.

No fue algo tan evidente, pero había una tensión en su rostro que no me pasó desapercibida.

—Es de alguien que conocimos... y que nunca pensábamos que regresaría —dijo, finalmente, con un tono grave, mientras guardaba la carta en su túnica.

No pude evitar fruncir el ceño.

Algo en esas palabras me dejó una sensación extraña en el estómago.

—¿Quién es? ¿Por qué no nos lo dijiste antes? —pregunté, alzando la voz con un tono que ya no trataba de ocultar mi inquietud.

Ubbe me miró por un largo momento, como si estuviera decidiendo si debía decirme algo más o si debía callar. Sus ojos se endurecieron, y el silencio que siguió se hizo incómodo.

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