Ivar
El día había llegado, y mi sangre lo sabía. Sentía cada latido como un tambor marcando el inicio de la guerra.
Había soñado con este momento, con la gloria que me aguardaba al final.
Hoy sería el día en que acabaría con Thorgrim.
No solo lo vencería; lo destruiría.
Lo haría pagar por cada ofensa, por cada derrota que había infligido a mi gente.
Había planeado todo con una precisión impecable.
Sabía cómo lo atraparía, cómo lo forzaría a caer en la trampa que había tejido.
Thorgrim era fuerte, sí, pero ciego ante su propia arrogancia.
Dependía demasiado de sus números, de su infantería bien organizada y de sus arqueros.
Pero yo lo conocía.
Había estudiado cada uno de sus movimientos en batalla, cada debilidad que intentaba ocultar.
Él confiaba en la disciplina de su ejército.
Yo apostaba al caos.
Cuando los primeros gritos comenzaron a resonar en el horizonte, supe que mi tropa estaba cerca.
Los estandartes rojos ondeaban en el aire, iluminados por el amanecer.
El rugido de cientos de hombres, armados y listos para morir si era necesario, hizo que una sonrisa oscura se dibujara en mi rostro. "Es ahora", murmuré para mí mismo, ajustando mi espada.
Salí de mi tienda y me dirigí al centro del campamento.
El aire estaba cargado de tensión.
Los hombres se preparaban, ajustando sus armaduras y afilando sus armas.
Algunos rezaban a los dioses, otros permanecían en silencio, perdidos en sus propios pensamientos.
Yo no necesitaba rezos.
Los dioses ya estaban conmigo.
Entonces, las flechas comenzaron a llover.
El cielo se oscureció por un instante mientras las primeras oleadas de proyectiles caían sobre nosotros.
Algunas flechas se incrustaron en escudos, otras encontraron carne.
El sonido era ensordecedor: el choque del metal, los gritos de dolor, el estruendo de los cuerpos cayendo.
Pero yo no me detuve.
Avancé hacia el frente, riendo como un loco.
Una risa profunda, desquiciada, que hizo que incluso mis propios hombres me miraran con asombro.
—¡A pelear!—grité con todas mis fuerzas, alzando mi espada al cielo. El rugido de mi tropa fue la respuesta.
El caos estalló.
La batalla era todo lo que había imaginado: un mar de sangre y muerte.
Espadas chocaban, lanzas atravesaban cuerpos, hombres caían uno tras otro.
Cada golpe que daba con mi espada era un paso más cerca de Thorgrim.
Mi corazón latía con fuerza, impulsado por la adrenalina.
No había miedo, solo el ansia de victoria.
Y entonces lo vi.
Entre el humo y la confusión, una figura encapuchada emergió.
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El Mismo Temperamento
FantasyXacnia siempre penso que nadie la entenderia por su mente macabra,nunca penso que encontraria a alguien con el mismo temperamento de locura hasta tal punto de asesinar
