Cap 44 : Verdades no dichas

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El sol brillaba intensamente en el cielo, su luz dorada iluminaba el camino de tierra que llevábamos frente a nosotros.

Ivar finalmente había conseguido un carruaje en la aldea, algo que me llenó de alivio, aunque su tono al anunciarlo no dejaba entrever ninguna emoción:

—Conseguí carruaje

Asentí, pero una inquietud se instaló en mi pecho.

No podía evitarlo; algo en su actitud, en la forma en que había dicho esas palabras, me decía que había más bajo la superficie.

Mientras el carruaje avanzaba, las ruedas crujían sobre la carretera irregular, y el aire fresco traía consigo el aroma de la tierra y los campos.

Sin embargo, Ivar parecía inmerso en sus propios pensamientos, sus ojos fijos en el horizonte.

El trayecto transcurrió en un pesado silencio, y el ambiente se sentía cada vez más tenso.

Intenté iniciar una conversación, pero las palabras se quedaban atascadas en mi garganta.

Observé cómo sus manos firmes sostenían las riendas con determinación, pero también noté la rigidez en sus hombros, como si estuviera llevando un peso invisible que lo oprimía.

Finalmente, la frustración se apoderó de mí.

No podía soportar más esa atmósfera cargada. Le golpeé suavemente el brazo

—¿Qué mierda te pasa, Ivar?— le pregunté, sintiendo que la rabia burbujeaba en mi interior.

Él se tensó de inmediato, girando la cabeza hacia mí, como si lo hubiera despertado de un profundo sueño. —¿Qué me pasa? ¿Qué es lo que no me pasa?— respondió, su voz resonando con un tono desafiante.

Fruncí el ceño ante su respuesta. —¿Por qué no me lo dices al menos?— insistí, sintiendo cómo la frustración se convertía en indignación. Había algo que lo atormentaba, y yo quería saber qué era.

—No me vengas con eso. Tú, todo este tiempo, nunca me dices nada. Yo soy el que siempre te busca,— replicó, su mirada se desvió nuevamente hacia la carretera, pero su voz cargaba una mezcla de desdén y tristeza.

La ira chispeó en mi interior, una mezcla de dolor y desafío. —¡Mierda, Ivar! ¿Qué puta quieres que haga?— mis palabras salieron como una explosión, resonando entre las paredes del carruaje.

—Empecemos por que te decidas si quieres lo mismo que yo. Al parecer, soy el único que aporta en esta relación o lo que sea que tengamos,— dijo, y sentí que cada palabra que pronunciaba golpeaba con fuerza. Su mirada era intensa, y por un momento, me sentí como si estuviera siendo desnudada ante él.

Su declaración me dejó sin aliento.

Las palabras quedaron flotando en el aire, un eco que reverberaba en mi mente.

No podía negarlo; su frustración era palpable, y también era cierto que sentía un torbellino en mi corazón.

—Ivar, lo siento. Sé que soy indescifrable. Tengo un tornado en mi cabeza,— dije, la sinceridad sorprendiendo incluso a mí misma.

Había algo en su mirada que me empujaba a ser honesta.

—Estoy cansado de ser yo quien te busca,— dijo, y su voz sonó más suave, pero cargada de un peso que me oprimía el pecho.

—No te pediré perdón otra vez,— le advertí, aunque en el fondo sabía que no quería que se sintiera así. La tensión entre nosotros era como una cuerda estirada, lista para romperse.

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