Cap 26 : Refugio

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El sendero hacia el pueblo de Hrafnsvik estaba cubierto de barro, y cada paso que daba resonaba con el eco de mi frustración.

La atmósfera estaba cargada, y un aire húmedo se cernía sobre mí, mezclándose con la inquietud que crecía en mi pecho.

A medida que me acercaba al pueblo, la oscuridad del cielo se intensificaba, como si la naturaleza misma estuviera presagiando el desasosiego que me invadía.

—¿Por qué siempre parece que nos estamos perdiendo el uno al otro?— murmuré, sintiendo la desesperación apretar mi corazón.

A mi lado, Freydis, mi leal compañera y amiga, se encogió de hombros.

—No lo sé, Ivar. Tal vez los dioses jueguen con nosotros—, respondió, intentando infundir un poco de optimismo en la situación.

Pero sus palabras no lograron ahogar el sentimiento de pérdida que me envolvía.

Desde que nos habíamos separado en el último pueblo, la búsqueda de Xacnia se había vuelto como una sombra oscura que me seguía, recordándome cada instante que no estaba a mi lado.

Al entrar en Hrafnsvik, el sonido del oleaje chocando contra las rocas se mezclaba con el silbido del viento que comenzaba a levantarse, arrastrando consigo el eco de mis pensamientos.

Este pueblo, conocido por su bullicio y sus coloridos mercados, ahora se presentaba como una cáscara vacía.

Las casas de madera, construidas para resistir las tormentas del norte, se alineaban a lo largo del muelle, sus ventanas cerradas y sin vida.

Las nubes oscuras que cubrían el cielo parecían esconder los colores vibrantes del lugar.

—Vamos a preguntar a los pescadores si han visto a Xacnia—, propuse, sintiendo un rayo de esperanza atravesar mi pecho, aunque lo hacía con cautela.

Me dirigí hacia el muelle, donde unos pocos pescadores luchaban por recuperar sus redes antes de que la tormenta se desatara por completo.

Freydis me siguió, su mirada aguda examinando cada rostro, cada gesto, en busca de una pista.

Después de varios intentos infructuosos de interrogar a los hombres del mar, que apenas podían concentrarse en nuestras preguntas, comprendí que no había nada más que hacer.

—No pueden haberla visto—, murmuré, sintiendo la frustración burbujear en mi interior. —La perdimos en el pueblo anterior, y ahora aquí tampoco hay rastro.

Freydis me miró, su expresión comprensiva.

—Ivar, debemos encontrar un lugar donde refugiarnos. La tormenta está a punto de estallar—,advirtió, señalando el cielo que se oscurecía cada vez más.

Su tono era firme, y su preocupación era palpable, pero incluso eso no lograba calmar la tormenta que rugía dentro de mí.

Finalmente, encontramos una pequeña cabaña al borde del pueblo, su estructura resistente destacando en medio de la inminente tormenta.

La puerta de madera chirrió levemente al abrirse, y una vez dentro, el aire fresco y el olor a madera húmeda me envolvieron.

Observé a mi alrededor, notando que la cabaña tenía un ambiente acogedor, pero en mi mente solo había espacio para la inquietud.

Mientras la lluvia comenzaba a caer violentamente, Freydis encendió una pequeña hoguera en la chimenea, y pronto el crepitar de las llamas llenó el espacio.

El calor me envolvió, un contraste bienvenido con la frescura del aire que entraba por las rendijas.

Tomé asiento en un banco de madera desgastada frente al fuego, mis pensamientos todavía ocupados con la búsqueda de Xacnia.

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