Cap 58 : El Filo de la Superación

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El día que empezó mi entrenamiento, comprendí que el lujo de la comodidad había terminado.

La guerra se cernía sobre nosotros como una tormenta inevitable, y si quería sobrevivir, tendría que forjar mi cuerpo y mente como el acero de una espada.

Día 1: La prueba del equilibrio

El amanecer trajo consigo un frío cortante. Me desperté antes de que los esclavos encendieran los fuegos en el castillo.

Bajé al patio, donde Ivar ya estaba esperándome, su figura recortada contra la tenue luz.

En sus manos tenía un saco lleno de proyectiles de madera, y su expresión severa me dejó claro que no sería un día fácil.

-¿Lista? -preguntó, sin rastro de emoción en su voz.

-No, pero lo estaré -respondí, intentando aparentar más confianza de la que sentía.

El entrenamiento comenzó con una serie de ejercicios de equilibrio.

Ivar colocó tablones de madera en el suelo y me ordenó que caminara sobre ellos mientras él lanzaba los proyectiles.

-Esquiva sin perder el equilibrio -instruyó.

Al principio, parecía imposible.

Tropecé una y otra vez, cayendo de bruces al suelo.

Mi frustración crecía con cada intento fallido, pero Ivar no me dejaba descansar.

-¡Levántate! -gruñía-. No hay descanso en el campo de batalla.

Finalmente, después de horas de intentos, logré mantenerme de pie el tiempo suficiente para esquivar varios proyectiles consecutivos.

Cuando Ivar asintió con aprobación, sentí una chispa de orgullo.

Esa noche, mientras masajeaba mis pies doloridos, reflexioné sobre lo lejos que estaba de ser una guerrera. Pero también sentí algo nuevo: determinación.

Día 2: La danza de las espadas

El segundo día, Ivar me entregó dos espadas ligeras.

-Una para atacar, otra para defender -dijo, mostrándome cómo moverlas al unísono.

Mis brazos no estaban acostumbrados a ese peso constante, y los primeros intentos fueron un desastre. Mis movimientos eran torpes, y varias veces dejé caer las espadas.

-Esto es ridículo -murmuré, frustrada.

Ivar se acercó, colocándose detrás de mí para ajustar mis brazos.

Su proximidad era intensa, pero su tono seguía siendo profesional.

-Mira mis movimientos -ordenó, comenzando a demostrar la técnica con una elegancia que me dejó boquiabierta.

Pasamos horas practicando.

Cada vez que me equivocaba, Ivar me corregía con paciencia, aunque su voz dejaba entrever su exigencia.

Para cuando el sol comenzó a ponerse, mis brazos temblaban de agotamiento, pero también sentía que había aprendido algo valioso.

Antes de retirarnos, Ivar me miró con una leve sonrisa.

-No está mal para un segundo día.

Aquella noche, mientras intentaba conciliar el sueño, pensé en cómo cada día parecía llevarme un paso más cerca de ser lo que necesitaba: fuerte y capaz.

Día 3: La resistencia del espíritu

El tercer día comenzó con una carrera por el bosque.

Ivar ató un saco de arena a mi espalda y me ordenó que corriera hasta el río.

-No importa cuán cansada estés, no te detengas -gritó desde atrás.

El terreno era desigual y traicionero.

Tropecé varias veces, pero cada vez que caía, me obligaba a levantarme.

Mis pulmones ardían, mis piernas se sentían como plomo, pero seguí adelante.

Cuando finalmente llegué al río, me dejé caer al suelo, jadeando.

Ivar llegó poco después, sin aliento pero con una sonrisa satisfecha.

-Hoy aprendiste lo que significa superar tus límites -dijo, ayudándome a levantarme.

Aquella tarde, volvimos al castillo, y Ivar insistió en que practicáramos combates cuerpo a cuerpo.

Sus golpes eran implacables, pero cada vez que caía, me levantaba más rápido.

Días 4-6: El dominio de las armas

Los días siguientes estuvieron dedicados al uso de diferentes armas.

Primero, aprendí a manejar el hacha, una herramienta pesada pero devastadora.

Ivar me mostró cómo canalizar toda mi fuerza en cada golpe, enseñándome que la precisión era tan importante como la potencia.

Luego vinieron las lanzas.

Al principio, me sentía torpe, pero Ivar me enseñó a usarlas para mantener a los enemigos a distancia.

Sus instrucciones eran claras, pero no podía evitar notar la pasión con la que hablaba de las armas.

-Una lanza no es solo una herramienta; es una extensión de ti -dijo, sosteniendo la suya con reverencia.

Finalmente, practicamos con dagas.

Ivar me mostró cómo utilizarlas para ataques rápidos y letales, enseñándome a ser ágil y silenciosa.

Cada noche, regresaba a mi habitación cubierta de moretones, pero con una sensación de logro.

Día 7: El reto final

El último día llegó más rápido de lo que esperaba. Ivar me llevó al patio y me entregó una espada.

-Hoy no soy tu maestro -dijo, desenvainando su propia arma-. Soy tu oponente.

El duelo comenzó de inmediato.

Ivar era rápido y preciso, y me di cuenta de que estaba conteniéndose para darme una oportunidad.

Aun así, cada golpe era un desafío.

Recordé todo lo que había aprendido: los pasos de equilibrio, los movimientos fluidos con las espadas, y las estrategias para anticipar los ataques.

Finalmente, después de un intercambio intenso, logré desarmarlo.

La espada de Ivar cayó al suelo, y apunté la mía a su cuello.

Ivar me miró con una sonrisa, su expresión llena de orgullo.

-Lo hiciste -dijo, bajando las manos en señal de rendición-. Ahora sí estás lista.

Solté la espada y respiré profundamente, dejando que la victoria se asentara en mi mente.

Había sido una semana agotadora, pero también transformadora.

Miré a Ivar, sabiendo que, aunque la guerra estaba cerca, ya no me sentía una simple observadora.

Era una guerrera, y estaba lista para enfrentar lo que viniera.









Esa noche, mientras miraba las estrellas desde mi ventana, reflexioné sobre todo lo que había cambiado en tan poco tiempo.

Había enfrentado mis miedos, superado mis límites y encontrado una fuerza que no sabía que tenía.

El rugido de la guerra se acercaba, pero por primera vez en mi vida, sentía que podía enfrentarlo.

Con Ivar a mi lado, nada parecía imposible.







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Se viene la batalla......

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