Las Visitas de Ragnar
La segunda vez que Ragnar me visitó fue una noche particularmente fría.
El viento azotaba las paredes del castillo, haciendo que las velas parpadearan como si temieran apagarse.
Estaba sentada junto a la pequeña biblioteca que Ivar había llenado con tanto esmero.
Mis dedos rozaban las páginas de un libro viejo, pero mi mente estaba lejos, perdida en pensamientos oscuros sobre mi encierro.
La puerta se abrió con un suave chirrido, y Ragnar apareció.
Su presencia era imponente, incluso en la penumbra.
Vestía una túnica sencilla, y su expresión estaba cargada de algo que no podía identificar.
—No esperaba visitas —dije, alzando la vista con desconfianza.
—No es una visita oficial. Solo quería saber cómo estás —respondió, cerrando la puerta tras de sí.
Me levanté del asiento, sintiendo la incomodidad de su mirada.
Ragnar no era como Ivar; había algo más calculador en sus ojos, algo que hablaba de años de experiencia y secretos bien guardados.
—¿Por qué le importa? —repliqué, cruzando los brazos.
Él suspiró y tomó asiento sin esperar mi permiso, inclinándose hacia adelante con los codos apoyados en las rodillas.
—Sé lo que es sentirse atrapado, Xacnia. Quizás no de la misma manera, pero entiendo esa sensación de que las paredes se cierran sobre ti.
Su tono era genuino, casi amable, pero no estaba preparada para bajar la guardia.
—¿Y qué se supone que debo hacer con eso? —pregunté con amargura.
Ragnar me estudió por un momento antes de responder.
—Hablar ayuda. Escapar con las palabras, aunque sea por un rato.
Hablamos durante horas, aunque al principio me resistí.
Él me contó historias de sus viajes, de tierras lejanas y batallas épicas, y por momentos, olvidé mi encierro.
Cuando finalmente se levantó para irse, me miró con seriedad.
—Volveré mañana.
No le respondí, pero esa noche dormí un poco mejor.
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Confesiones a Media Noche
Ragnar cumplió su promesa.
Apareció al caer la noche, con una pequeña caja en las manos.
—¿Qué es eso? —pregunté, mientras él la colocaba sobre la mesa.
—Un regalo.
Abrí la caja con cautela y encontré un manuscrito cuidadosamente enrollado.
Las letras estaban escritas con una caligrafía que denotaba paciencia y dedicación.
—Es un poema que escribí hace años —dijo, tomando asiento frente a mí—. Quiero que lo leas.
Tomé el manuscrito y comencé a leer en voz baja.
Cada palabra parecía cargada de una melancolía que resonaba en mi propio corazón.
—“El viento susurra nombres que nunca serán libres” —recité, alzando la vista hacia él—. ¿Por qué escribiste esto?
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El Mismo Temperamento
FantasyXacnia siempre penso que nadie la entenderia por su mente macabra,nunca penso que encontraria a alguien con el mismo temperamento de locura hasta tal punto de asesinar
