La oscuridad del bosque parecía cerrarse sobre mí como una manta pesada mientras avanzaba, cada paso tambaleante me llevaba más adentro del abismo.
El frío era implacable, penetrando a través de mis ropas hasta los huesos, convirtiendo cada respiración en una lucha contra el hielo que me rodeaba.
No había comido en horas, quizá días.
El hambre se apoderaba de mi estómago, que gruñía con un sonido hueco y doloroso, pero no tenía tiempo ni fuerzas para detenerme.
Solo podía seguir moviéndome, impulsada por la única cosa que era más fuerte que el hambre: el miedo.
Había escapado.
Huir me había llenado de adrenalina, un impulso feroz que me mantenía corriendo, esquivando las ramas que me azotaban el rostro y los arbustos que rasgaban mis piernas.
Pero ahora, ese impulso comenzaba a desvanecerse, dejándome con nada más que agotamiento.
Sentía las piernas pesadas, los brazos colgando inútilmente a mi lado mientras tropezaba, intentando mantenerme en pie.
Sabía que si me detenía, no tendría la energía para volver a empezar.
El bosque era un laberinto interminable de sombras que se alargaban y cerraban a mi alrededor, como si quisiera atraparme en su fría y húmeda trampa.
Al final, mi cuerpo no pudo más.
Me desplomé bajo un puente de piedra cubierto de musgo, sus pilares retorcidos emergiendo de las sombras como gigantes antiguos.
El suelo estaba helado y duro, y su frío se filtró a través de mi ropa, calándome hasta los huesos, pero no me importaba.
El cansancio era tan abrumador que apenas podía mantener los ojos abiertos.
Me envolví en la chaqueta raída que había encontrado días antes, su tela delgada era lo único que me separaba del frío mortal que me rodeaba.
Cerré los ojos y dejé que el agotamiento me envolviera por completo.
No había fuerzas en mí para luchar más, ni siquiera para temer lo que pudiera sucederme si cerraba los ojos.
El sueño no trajo descanso.
Estaba atrapada en un ciclo interminable de pesadillas.
En mis sueños, veía el rostro de Ivar, distorsionado por el dolor y la furia.
El mismo rostro que había visto antes de huir, marcado por el corte que yo misma le había hecho con el cuchillo que temblaba en mi mano.
Su mirada era la de un hombre traicionado, dolido, pero también la de alguien que no perdonaría.
En mis pesadillas, Ivar me perseguía, implacable, mientras yo corría, cada vez más lenta, hasta que su mano fría me alcanzaba.
Desperté de golpe, con el corazón latiendo desbocado, la respiración entrecortada por el pánico.
Me quedé quieta por un momento, intentando calmarme, pero el eco de sus ojos seguía atormentándome.
Me pregunté cómo habíamos llegado a esto.
Había confiado en él, me había abierto a él de una manera que jamás pensé posible, y sin embargo, ahora él me perseguía.
El dolor que sentía era profundo, como si un cuchillo invisible estuviera clavado en mi pecho, retorciéndose con cada pensamiento sobre él.
Todo lo que había compartido con Ivar, las palabras, los secretos, se sentía ahora como una traición.
El sonido del viento entre los árboles rompió el silencio, recordándome dónde estaba.
ESTÁS LEYENDO
El Mismo Temperamento
FantasíaXacnia siempre penso que nadie la entenderia por su mente macabra,nunca penso que encontraria a alguien con el mismo temperamento de locura hasta tal punto de asesinar
