Cap 19 : Lanza al pecho

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Xacnia

"Lanza en el pecho"

Abrí mis manos, abiertas de espera,
te di mis miedos envueltos en silencio,
te di la llave de cada herida vieja,
pensé que al fin podrías ver mi centro.

Pero al abrirme, al mostrar mi piel,
una lanza invisible se clavó honda,
en el espacio entre lo dicho y lo callado,
me encontré sangrando sin haber luchado.

¿Cómo confiar sin esquivar la punta?
¿Cómo entregarse sin perder un trozo?
Tu mirada era el filo de la duda,
y en tu boca, la promesa de lo roto.

Ahora sé que la verdad también hiere,
que abrirse es dar el pecho a la lanza,
y aunque duela, sigo aquí, desnuda,
con la esperanza clavada en la balanza.

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Me desperté con una opresión en el pecho, como si el aire en la habitación se hubiera vuelto más denso durante la noche.

Los recuerdos de la conversación entre Ivar y Ragnar todavía resonaban en mi mente, desdibujándose entre las sombras del sueño, pero lo suficientemente claros como para hacerme sentir inquieta.

Intenté reorganizar mis pensamientos, pero el dolor en mi costado me lo hacía difícil.

Mi cuerpo aún se sentía frágil, vulnerable.

El vendaje apretaba, recordándome la herida y lo sucedido, pero no era solo el dolor físico lo que me atormentaba.

Era algo más profundo, algo relacionado con las palabras de anoche

Las palabras de Ragnar me habían dejado claro que algo estaba en juego, algo que me involucraba y que yo desconocía.

Me removí entre las sábanas con un suspiro frustrado, tratando de no pensar en lo que había oído, pero la traición se aferraba a mí como un veneno.

Ivar y Ragnar hablaban de promesas, de acuerdos hechos antes de que yo entrara en sus vidas.

¿Por qué me habían buscado desde un principio?

¿Por qué ahora todo parecía estar a punto de cambiar?

El desconcierto me llenaba de preguntas sin respuesta, preguntas que temía hacer en voz alta.

De repente, la puerta de la habitación se abrió con un leve chirrido.

Mi cuerpo se tensó, pero mantuve una expresión neutral mientras veía entrar a Ivar. No estaba solo.

Una sirvienta lo acompañaba, sus ojos clavados en el suelo, obediente. Ivar se acercó sin mostrar señales de la tensión de anoche.

Parecía el mismo de siempre, firme, seguro, pero había algo en su mirada, una especie de preocupación que trataba de ocultar.

—Es hora de tu baño —dijo, su voz firme, aunque no agresiva.

Me observaba con atención, como si evaluara mi estado. Había algo inusual en su comportamiento, una mezcla de control y... ¿preocupación?

Asentí despacio, tratando de no mostrar mi incomodidad.

Sabía que no podía permitir que sospechara que había escuchado su conversación.

La sirvienta se adelantó con movimientos cautelosos para ayudarme a levantarme, pero tras algunos pasos vacilantes, la detuve con un gesto de la mano.

—Estoy bien, puedo hacerlo sola —murmuré, intentando mantener una apariencia de fortaleza.

La sirvienta pareció dudar, mirando a Ivar en busca de aprobación.

Él no dijo nada, solo me observó con esos ojos fríos, evaluando cada movimiento.

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