La noche se cernía sobre el castillo, un manto de serenidad y frescura que envolvía cada rincón.
Las sombras se alargaban, proyectadas en las paredes de piedra con el sutil movimiento de las antorchas, mientras el cielo oscuro se desbordaba de estrellas titilantes, como miles de ojos observándonos desde las alturas.
Caminé hacia la caballeriza, donde el familiar olor de la paja y los susurros de los animales me rodeaban.
Mi caballo, un imponente corcel de pelaje negro y ojos intensos, me esperaba pacientemente.
Él era mi compañero leal, y en un gesto de afecto, deslicé una mano sobre su cuello, sintiendo el calor de su cuerpo.
Saqué un trozo de pan de mi bolsillo y se lo ofrecí, viendo cómo lo devoraba con gratitud.
Al girar la cabeza, noté el caballo de Ivar en el establo contiguo, su mirada fija en mí como si esperara su propio regalo.
Sonreí ante la idea y partí el trozo de pan restante, ofreciéndoselo con una suave caricia en su hocico.
—También te lo mereces, amigo —murmuré al caballo, que relinchó en señal de agradecimiento.
El silencio de la noche se rompió de golpe por una voz profunda, que resonó en el espacio, vibrando en mis oídos.
Al girarme, me encontré con Ivar, apoyado contra el marco de la puerta del establo.
La luz de la luna proyectaba sombras sobre su figura, haciendo que su expresión se tornara aún más enigmática y algo oscura.
Me observaba con una intensidad que lograba ponerme los nervios de punta, como si pudiera ver más allá de mi superficie, captando cada matiz de mis pensamientos.
—Es linda, ¿no crees? —dijo, señalando la noche a nuestro alrededor, como si él mismo formara parte de aquella oscuridad profunda y misteriosa.
Di un pequeño respingo, sorprendida por su voz en la calma de la noche.
La quietud y la frescura del ambiente contrastaban con la calidez de su cercanía, y algo en su mirada me incomodaba, me hacía sentir expuesta.
—¿Por qué siempre apareces cuando estoy sola? —le espeté, intentando sonar molesta y manteniendo la distancia, aunque en el fondo sabía que en mis palabras se escondía un destello de vulnerabilidad.
Él sonrió con un encogimiento de hombros, un gesto despreocupado que escondía a medias algo más profundo.
Esa sonrisa, tan segura, tan suya, me dejaba siempre sintiéndome atrapada entre el deseo de permanecer y el impulso de huir.
—Supongo que es el único momento en el que puedo hablarte —respondió, sin apartar su mirada ni por un segundo.
Suspiré, tratando de disipar el nerviosismo que comenzaba a apoderarse de mí.
Sentía mi corazón latir más rápido, y para disimular, me crucé de brazos y señalé la salida con un gesto de la mano, intentando mostrar firmeza.
—Lárgate, Ivar.
Pero él no se movió.
Al contrario, su sonrisa se tornó más desafiante.
Su mirada chispeaba con ese destello travieso y oscuro que lo hacía tan imposible de descifrar.
Antes de que pudiera comprender sus intenciones, se acercó de un movimiento fluido, hasta que su figura acorraló la mía contra la pared del establo.
Su cuerpo estaba tan cerca del mío que podía sentir su aliento cálido sobre mi piel, un recordatorio de su cercanía que me hacía sentir pequeña y atrapada.
ESTÁS LEYENDO
El Mismo Temperamento
FantasyXacnia siempre penso que nadie la entenderia por su mente macabra,nunca penso que encontraria a alguien con el mismo temperamento de locura hasta tal punto de asesinar
