La noche era fría, más de lo habitual.
Había un silencio inquietante, como si la misma tierra contuviera el aliento ante lo que estaba por suceder.
Ivar y yo habíamos discutido.
Una pelea intensa, con gritos y reproches que no podían ser silenciados.
Pero ahora estábamos juntos, caminando en esa oscuridad que parecía susurrarnos secretos, buscando a Xacnia.
Ella había desaparecido, pero yo sabía que no era una simple huida.
No después de todo lo que había sucedido.
Había algo más detrás de sus pasos, una determinación que no podía subestimarse.
Y aunque no quería admitirlo, sentía un peso insoportable en el pecho.
La posibilidad de que ella estuviera buscando venganza no me abandonaba.
Sabía lo que esa furia podía hacerle a una persona.
Lo había visto muchas veces antes.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —gruñó Ivar, rompiendo el silencio.
—Porque sabía que no lo entenderías —respondí con dureza, pero mi voz estaba cargada de cansancio.
—¡Claro que no lo entiendo! —gritó él, su rostro lleno de rabia y dolor. Era como verme a mí mismo cuando era más joven, atrapado entre el amor y el deber—. Todo esto... ¿Para qué, Ragnar? ¿Para qué si al final la perdemos?
Sus palabras me golpearon, pero no respondí. Sabía que tenía razón.
Habíamos hecho nuestras jugadas, movido las piezas en el tablero, pero el costo... El costo era algo que nunca anticipé.
No de esta forma.
De repente, algo cambió.
El aire parecía volverse más pesado.
Sentí que nos observaban, pero no podía ver nada más que sombras.
Escuchaba pasos, voces que se deslizaban en susurros, pero no había nadie.
Algo estaba mal, muy mal.
—¿Lo sientes? —pregunté, girando hacia Ivar.
Él asintió, con su mandíbula apretada y su mano firmemente sobre su espada.
Entonces, vino el primer golpe.
Un impacto invisible, como si el mismo aire nos atacara.
Me tambaleé, y antes de que pudiera recuperarme, otro golpe me alcanzó.
No podía ver quién o qué lo estaba haciendo, pero el dolor era real.
—¡Cuidado! —gritó Ivar, desenfundando su arma, pero era inútil. Estábamos rodeados por algo que no podíamos enfrentar.
Y entonces, lo vi.
Un lobo.
Pero no era un lobo cualquiera.
Era enorme, más grande que cualquier criatura que hubiera visto en mi vida.
Sus ojos brillaban con una intensidad que me congeló el alma.
No tuve tiempo de reaccionar.
Se lanzó sobre mí con una fuerza brutal, sus colmillos desgarrando mi carne.
El dolor fue insoportable, pero luché.
Con todas mis fuerzas, logré hundir mi cuchillo en su costado, una y otra vez, hasta que finalmente el lobo cayó.
Jadeando y cubierto de sangre, me aparté del cuerpo de la criatura.
Pero entonces lo vi cambiar.
Sus formas comenzaron a distorsionarse, como si algo estuviera quebrándose en su interior.
Cuando la transformación terminó, el horror me invadió.
Era Xacnia.
No era un error.
Reconocí sus ojos, su rostro, incluso en medio de su agonía.
Estaba tirada en el suelo, con la respiración entrecortada, bañada en sangre.
No podía hablar, pero sus ojos me miraron con una mezcla de odio y satisfacción.
—Xacnia... —susurré, incapaz de moverme.
—Dale la bienvenida... —murmuró con voz débil, casi inaudible—. Al comienzo de tu... miserable vida.
Sentí como si el mundo se detuviera.
Ivar, que hasta entonces había estado en silencio, corrió hacia ella, empujándome con fuerza para apartarme.
Lo vi caer de rodillas junto a ella, sus manos temblorosas tratando de detener la sangre que brotaba de su cuerpo.
—¡No! —gritó, su voz desgarrada por el dolor—. Xacnia, no. ¡No te mueras!
La sostuvo en sus brazos, su rostro bañado en lágrimas mientras susurraba palabras que ni siquiera pude entender.
Su amor por ella era tan palpable que me dejó inmóvil.
La veía luchar por cada respiro, sus ojos clavados en él como si quisiera decirle algo más, algo que no podía expresar.
—Por favor, vuelve —le suplicó Ivar, colocando sus manos sobre su corazón—. Te amo. Te amo más de lo que puedo soportar. No puedes irte... No puedes dejarme.
Ella sonrió débilmente, apenas un reflejo de su antigua fuerza.
Sus labios se movieron una última vez, formando una palabra que ninguno de nosotros olvidaría jamás.
—Adiós.
Y entonces, se fue.
El grito de Ivar resonó en la noche, un lamento que parecía partir el cielo en dos.
Lo vi abrazarla con desesperación, como si al sostenerla pudiera evitar que la muerte se la llevara.
Pero ya era demasiado tarde.
Me quedé allí, viendo cómo todo se desmoronaba.
Sabía que esto era culpa mía, que cada decisión que había tomado nos había llevado a este momento.
Y mientras miraba a mi hijo llorar sobre el cuerpo de la mujer que amaba, entendí que no había redención para mí.
Xacnia había dicho la verdad.
Este era el comienzo de mi vida miserable.
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El Mismo Temperamento
FantasiaXacnia siempre penso que nadie la entenderia por su mente macabra,nunca penso que encontraria a alguien con el mismo temperamento de locura hasta tal punto de asesinar
