HISTORIA DE LEYLA
Leyla Banks tiene veinte años y una vida que se derrumba a toda velocidad.
Las cartas del banco se acumulan sobre la mesa. Las facturas impagadas ahogan cualquier intento de salir adelante. Y el hogar que siempre creyó seguro está...
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El sonido de la lluvia repicaba en las aceras como un murmullo inquietante cuando Leyla llegó a la entrada de su edificio.
La humedad impregnaba el aire y empañaba las luces de la calle, volviéndolas manchas difusas en la oscuridad. Estaba a punto de subir las escaleras cuando una figura surgió de las sombras.
Era Kika.
Estaba allí, de pie bajo la lluvia, su silueta apenas visible bajo el aguacero.
El agua le corría por el rostro, enmarcando su expresión con un aire casi trágico. La intensidad en sus ojos, brillando como un fuego retenido, hizo que el corazón de Leyla se acelerara. Por un instante, la noche pareció contener el aliento.
"Kika... ¿qué haces aquí?" preguntó Leyla, su voz apenas un susurro. Pero Kika no contestó. Dio un paso hacia ella, y Leyla sintió una extraña electricidad en el aire, como si algo invisible las atrajera.
"Tuve que venir," dijo Kika al fin, su voz rasgada, cargada de algo que Leyla no podía identificar. "No podía seguir sin verte." Su mirada penetraba la oscuridad, llenándola de un misterio inquietante, y había algo en esa intensidad que la asustaba y la atraía a la vez.
Kika avanzó lentamente hasta quedar frente a ella, tan cerca que Leyla sintió el calor de su respiración, mezclado con el frío de la lluvia. Los ojos de Kika la atraparon, como si quisieran revelarle secretos oscuros y, al mismo tiempo, consumirla. Y entonces, sin aviso, Kika deslizó una mano temblorosa sobre el rostro de Leyla, acariciándola con una suavidad imposible de ignorar.
"Kika, esto... no está bien," susurró Leyla, pero no pudo retroceder. El mundo se redujo a ellas dos, a la tensión entre sus miradas y la fuerza invisible que las mantenía unidas en esa oscuridad húmeda.
Kika la miró con una mezcla de deseo y desesperación que a Leyla la dejó sin aliento. Y entonces, en un impulso desesperado, Kika la besó. Fue un beso intenso, ardiente, que pareció romper todas las barreras que Leyla había intentado construir.
Sintió el mundo girar a su alrededor mientras las manos de Kika se deslizaban por su cintura, acercándola más, como si quisiera fundirse con ella bajo la tormenta.
La lluvia seguía cayendo, pero ya no importaba; nada importaba. Entre el sonido de las gotas y el latido desbocado de sus corazones, el beso de Kika se convirtió en una revelación, en un secreto que la noche ocultaría para siempre.
Y Leyla supo, en ese instante, que algo profundo acababa de desatarse entre ellas, algo de lo que no había retorno.
Ya no había marcha atrás. Leyla abrió el portal, y ambas subieron los primeros peldaños, sus pasos resonando en el vacío del edificio hasta llegar al descansillo. Leyla no podía dejar de mirar a Kika, como si temiera que ella desapareciera en cualquier momento. Temblorosa, buscó las llaves en el bolsillo, intentando abrir la puerta de su casa, pero las manos le fallaron. Las llaves resbalaron entre sus dedos y cayeron al suelo.
Kika la miró con una sonrisa cómplice, un destello en sus ojos que la invitaba a hacer algo más arriesgado. Sin decir nada, tomaron el ascensor. Cuando las puertas se cerraron a su alrededor, dejando el mundo afuera, Leyla presionó el botón de emergencia y el ascensor se detuvo con un leve temblor.