Eso queda entre nosotras...

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Las puertas del ascensor se abrieron con un leve chasquido, y ambas salieron casi al mismo tiempo, todavía envueltas en ese vértigo que no terminaba de desaparecer. Sus respiraciones seguían agitadas, sus pasos un poco desacompasados, y aun así... sonreían.

No era una sonrisa cualquiera.

Era de esas que nacen después de cruzar una línea.

Se miraron, cómplices, con las mejillas encendidas y el pulso todavía acelerado, como si compartieran algo que nadie más en el mundo podría comprender.

Leyla intentó recomponerse, pero la emoción le desbordaba por dentro. Para disimular, le dio un golpecito suave en el codo a Kika.

Cuando Kika giró la cabeza, Leyla alzó una ceja, con esa chispa traviesa que no lograba ocultar.

—Esther ni de coña se va a enterar de lo que acaba de pasar aquí... ¿vale?

Kika soltó una risa contenida, bajando la mirada un segundo antes de acercarse más de lo necesario. Demasiado cerca.

Le rozó la nariz con el dedo, despacio, casi provocando.

—Eso queda entre nosotras... —susurró—. Pero tienes que prometerme algo.

Leyla tragó saliva.

—¿El qué?

Kika inclinó apenas la cabeza, sus ojos brillando con una intensidad peligrosa.

—Que esta no va a ser la última vez.

El silencio que siguió fue breve... pero cargado.

Leyla sintió ese cosquilleo recorrerle el cuerpo otra vez, más fuerte que antes, más difícil de ignorar. Se mordió el labio, sosteniéndole la mirada.

No respondió con palabras.

Solo asintió.

Y en ese gesto había mucho más de lo que cualquiera habría podido decir.

Caminaron por el pasillo sin separarse del todo, como si una distancia mínima siguiera siendo necesaria... pero insuficiente. Aún llevaban ese calor pegado a la piel, esa electricidad que no se había apagado en el ascensor.

Leyla lo sabía.

Lo sentía en cada paso.

Aquello no había sido solo un impulso.

Cuando llegó el momento de despedirse, Kika se detuvo al final del pasillo. No dijo nada al principio. Solo la miró.

Y esa mirada... volvió a desarmarla.

Entonces, con una sonrisa lenta, casi desafiante, Kika llevó dos dedos a sus labios y le lanzó un beso en el aire.

Pero no fue un gesto ligero.

Fue intencionado.

Cargado.

La luz tenue del edificio dibujaba sombras suaves en su rostro, haciendo que todo pareciera aún más irreal. Más intenso.

Leyla intentó apartar la mirada, fingir que podía salir de ahí sin que le afectara.

No pudo.

Se quedó clavada en el sitio, sintiendo cómo algo dentro de ella se tensaba, se abría, se complicaba.

Y cuando Kika empezó a alejarse, ese vacío apareció demasiado rápido.

Demasiado evidente.

El pasillo volvió a ser solo un pasillo.

Pero Leyla ya no era la misma.

Lo que acababa de pasar... no era un juego. No era algo que pudiera guardar en un rincón y olvidar.

Era demasiado real.

Y ahí fue cuando el pensamiento llegó, como una grieta en medio de todo.

Esther.

El nombre le atravesó el pecho.

La posibilidad de que lo descubriera. De que todo se rompiera. De que no hubiera forma de sostener ambas cosas a la vez.

Se quedó quieta unos segundos más antes de girarse y entrar en su apartamento.

Cerró la puerta.

Y se apoyó contra ella, dejando escapar el aire lentamente, como si hasta ese momento no hubiera podido respirar de verdad.

Cerró los ojos.

Todavía podía sentir a Kika.

En la piel.

En la memoria.

En todo.

Pero junto a esa sensación... crecía otra cosa.

Más incómoda.

Más peligrosa.

El dilema se instaló en su pecho sin pedir permiso:

¿Podía mantener aquello en secreto... o estaba a punto de perderlo todo?

HISTORIA DE LEYLAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora