HISTORIA DE LEYLA
Leyla Banks tiene veinte años y una vida que se derrumba a toda velocidad.
Las cartas del banco se acumulan sobre la mesa. Las facturas impagadas ahogan cualquier intento de salir adelante. Y el hogar que siempre creyó seguro está...
Kika estaba encerrada en su cuarto, tumbada sobre la cama, con el teléfono apretado entre las manos. La luz de la pantalla le iluminaba la cara en la oscuridad, y sus ojos no se apartaban de ella, como si en cualquier momento fuera a aparecer el mensaje que llevaba semanas esperando.
Un mes.
Un mes entero intentando hablar con Esther.
Sin respuesta.
Tragó saliva y volvió a marcar su número, aun sabiendo cómo iba a acabar. Siempre igual. El tono repitiéndose, alargando la espera... alimentando una esperanza que ya casi daba vergüenza sentir.
Uno. Dos. Tres tonos.
Y luego, el buzón de voz.
Otra vez.
Kika dejó escapar el aire despacio, como si así pudiera vaciarse un poco por dentro, pero no funcionó. No colgó. Se quedó escuchando ese sonido muerto mientras los recuerdos empezaban a colarse, inevitables.
Aquel curso de masajes. Las primeras semanas. Las risas.
Esther siempre tenía algo que decir, algo que hacía que todo fuera más ligero. Un comentario sarcástico, una mirada cómplice... y Kika se encontraba riéndose sin darse cuenta.
Ahí empezó todo.
Kika siempre lo había tenido claro: quería abrir su propio salón de belleza. Quería ayudar a la gente, hacer que salieran sintiéndose mejor de lo que habían entrado. Ese curso era el primer paso.
Y Esther estaba en medio de ese comienzo.
Por eso ahora todo pesaba el doble.
Porque no era solo que no contestara.
Era cómo había desaparecido.
Sin explicaciones. Sin una última conversación. Sin nada a lo que agarrarse.
Kika apretó el teléfono contra su pecho, cerrando los ojos con fuerza.
El silencio al otro lado ya no era solo silencio.
Era un final que nadie había dicho en voz alta.
Y eso... eso dolía más.
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