El lazo roto

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Leyla y Esther estaban sentadas en su banca de siempre, con mochilas desparramadas y los restos de sus meriendas esparcidos alrededor. Para ellas, esos momentos eran un respiro en medio de la rutina, un espacio donde podían ser ellas mismas sin preocuparse por el ruido de los demás.

"¿Sabías que mi mamá quiere que hagamos un viaje las dos en verano?" dijo Esther con entusiasmo, mirando a Leyla con una chispa de felicidad en los ojos.

"¿En serio? ¡Eso sería increíble!" Leyla sonrió, imaginando ya todas las aventuras que vivirían juntas.

Pero antes de que pudiera seguir fantaseando, una sombra se cernió sobre ellas.

Kika.

Se acercó con su andar seguro, casi calculado. Su pelo largo, teñido de un morado intenso, caía liso sobre sus hombros, brillando bajo la luz. Llevaba una camiseta de tirantes con escote, y entre sus pechos se dejaba ver el tatuaje de un dragón, oscuro y elegante, como una advertencia silenciosa.

Tenía las uñas perfectamente pintadas, cada detalle cuidado, y su mirada... su mirada era lo que más incomodaba: una mezcla extraña entre inocencia y desafío, como si siempre supiera algo que los demás no.

Se detuvo frente a la banca, con las manos en las caderas, observándolas de arriba abajo.

"Vaya, aquí están las inseparables," dijo, dejando caer cada palabra con una sonrisa que no tenía nada de amable.

Esther, en su habitual cortesía, le sonrió y le hizo un lugar en la banca. Leyla intentó disimular la incomodidad, pero su cuerpo se tensó al sentir a Kika demasiado cerca.

Desde que ella había empezado a unirse a su grupo, las cosas no habían sido iguales. Pero Leyla no quería parecer paranoica, así que mantuvo la calma, aunque por dentro sentía una punzada constante de inquietud.

"Leyla, ¿te lo ha contado Esther?" preguntó Kika de repente, como si acabara de recordar algo importante.

Leyla levantó una ceja, sin entender a qué se refería.

"Kika..." murmuró Esther, nerviosa.

Kika ignoró la súplica y continuó.

"Esther y yo hemos pasado un montón de tiempo juntas últimamente. De hecho, me decía que se siente más cómoda hablando conmigo porque... bueno, no quiero decir nada, pero ya sabes."

Se encogió de hombros con fingida inocencia, pero su mirada seguía fija en Leyla, midiendo cada reacción.

Leyla sintió cómo algo se rompía dentro de ella. Miró a Esther, buscando una negación, una explicación... pero Esther esquivó su mirada, mordiéndose el labio, jugueteando con las mangas de su suéter.

Eso fue suficiente.

"Leyla, no es así..." empezó Esther en voz baja.

Pero Kika ya había dado en el punto exacto.

"Leyla, no te pongas tan seria. Las amistades cambian, ¿no?" dijo, inclinando ligeramente la cabeza, con esa media sonrisa que parecía un reto. "A veces es bueno dejar espacio para personas que realmente pueden entenderte."

Los ojos de Leyla se humedecieron, pero se tragó lo que quería decir. No iba a darle a Kika el gusto.

Respiró hondo.

Forzó una sonrisa.

"Supongo que cada quien encuentra a las personas que necesita en el momento adecuado," respondió, sosteniéndole la mirada.

Por un segundo, ninguna apartó los ojos.

Esther, atrapada entre ambas, intervino rápidamente. "Chicas, ya basta, no quise que esto pasara así..."

Kika soltó una pequeña risa y levantó las manos, como si fuera la víctima.

"Oh, Esther, tranquila. Soy amiga de ambas... aunque algunas lo tomen demasiado en serio."

Le lanzó un guiño a Leyla, se puso de pie y añadió:

"Cuando quieras hablar de cosas importantes... ya sabes dónde encontrarme."

Y se fue.

La sonrisa desapareció de su rostro en cuanto dio la vuelta, dejándolas en un silencio pesado.

Cuando por fin se alejó lo suficiente, Esther giró hacia Leyla, con culpa en los ojos.

"Leyla, lo siento... yo no pensé que Kika diría eso."

Leyla soltó un suspiro, intentando mantenerse firme, aunque por dentro le dolía.

"Solo quiero que seas sincera conmigo. Si prefieres estar con Kika... dímelo."

Esther negó rápido, tomando su mano.

"No. Tú eres mi mejor amiga. Nadie va a cambiar eso. Pero Kika... no sé cómo decirle que no. Siempre encuentra la forma de meterme en situaciones incómodas."

Leyla asintió lentamente.

Ahora lo entendía.

No era solo lo que Kika decía.

Era cómo lo hacía.

"Entonces tenemos que dejarle claro que aquí no hay espacio para sus juegos," dijo, con una determinación nueva en la voz.

Esther sonrió, más tranquila.

Y por un segundo, parecía que todo se iba a arreglar.



HISTORIA DE LEYLAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora