HISTORIA DE LEYLA
Leyla Banks tiene veinte años y una vida que se derrumba a toda velocidad.
Las cartas del banco se acumulan sobre la mesa. Las facturas impagadas ahogan cualquier intento de salir adelante. Y el hogar que siempre creyó seguro está...
Cuando Kika volvió a su casa, no podía detener el torbellino de pensamientos que giraban en su mente.
Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria y se dejó caer en la cama, mirando al techo, como si así pudiera ordenar todo lo que llevaba dentro. Pero era inútil.
La mirada dulce de Esther volvía una y otra vez. Esos ojos claros, tan tranquilos, tan sinceros... como si pudieran verla por dentro sin esfuerzo. Se le quedaban clavados, ocupando cada rincón de su cabeza.
Y justo cuando intentaba aferrarse a esa imagen, aparecía la otra.
Leyla.
Sus labios. La forma en que sonreía. Esa seguridad natural que tenía... y cómo, sin darse cuenta, la había descolocado más de una vez.
Kika apretó los ojos.
Era demasiado.
La suavidad de Esther. La intensidad de Leyla.
Dos formas completamente distintas de sentir... y las dos tirando de ella al mismo tiempo.
Soltó un suspiro pesado, pasándose una mano por el pelo.
—¿Qué me pasa...? —murmuró.
Un golpe seco la sacó de sus pensamientos.
Saeta.
La gata, de pelaje tricolor —blanco, negro y pelirrojo—, saltaba de una estantería a otra con esa mezcla de torpeza y decisión propia de los cachorros. Su cola se movía sin parar mientras intentaba mantener el equilibrio entre los libros, hasta que uno cayó al suelo con un sonido seco.
—Eh, eh... cuidado, loca —dijo Kika, incorporándose un poco.
Saeta la miró un segundo, con los ojos muy abiertos, como si no entendiera nada... y volvió a intentarlo. Esta vez aterrizó mejor. Luego bajó de un salto ágil y, sin pensarlo, se subió a la cama para acurrucarse contra ella.
Kika no pudo evitar sonreír.
Le rascó detrás de las orejas, sintiendo el calor de su pequeño cuerpo, la suavidad de su pelo. Algo simple. Algo real. Algo que, por un momento, lograba calmar el ruido en su cabeza.
Pero solo por un momento.
Porque la imagen volvió.
Ellas dos.
Juntas.
Mientras Kika luchaba consigo misma, Leyla y Esther vivían una noche completamente distinta.
En la cocina de Esther, el ambiente era cálido, acogedor. La luz amarillenta lo envolvía todo, haciendo que el espacio pareciera más pequeño, más íntimo.
Habían preparado una pizza margarita casera, riéndose desde el primer momento.
—¿Sabías que cocinas fatal? —bromeó Leyla, cortando el tomate.
—Y aun así estás aquí —respondió Esther, empujándola suavemente con el hombro.
Leyla sonrió, y sin pensarlo demasiado, lanzó un trozo de tomate hacia ella.
Esther soltó una risa despreocupada.
—¡Oye, eso es para la pizza!
Pero no tardó en devolverle el gesto.
El tomate golpeó el brazo de Leyla y ambas estallaron en risas.
La cocina se llenó de ese sonido ligero, sincero. Sus manos se rozaban al colocar los ingredientes, sus miradas se quedaban un segundo más de lo necesario. Todo fluía sin esfuerzo.
Para ellas, esa noche no era solo una cena.
Era un refugio.
Un lugar donde podían ser ellas mismas sin filtros, sin tensión. Donde cada gesto, cada sonrisa, cada pequeño roce... decía más de lo que cualquiera de las dos se atrevía a poner en palabras.
Mientras tanto, Kika, sola en su cuarto, sentía el peso de todo eso sin siquiera estar presente.
Porque podía imaginarlo.
Demasiado bien. Ellas cerca. Ellas... conectando.
Apretó a Saeta contra su pecho, buscando algo a lo que agarrarse.
Pero no servía. Le costaba admitirlo. No era solo deseo.
Era algo más incómodo. Más profundo.
Celos.
Y lo peor no era sentirlos. Era no saber qué hacer con ellos.
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