Óscar

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Óscar era un expolicía, y hacía tiempo que había dejado de parecerse siquiera al hombre que una vez llevó una placa. Las cosas no es que fueran mal; era peor que eso. Todo en su vida tenía ese aire rancio de lo que se ha estropeado sin remedio.

Había perdido el trabajo de la forma más sucia posible: señalado por uno de los suyos, expuesto, humillado. Sobornos, dijeron. Corrupción. Palabras que todavía le quemaban por dentro, no tanto por lo que significaban... sino porque lo habían dejado fuera.

Y Óscar no soportaba quedarse fuera de nada.

A partir de entonces, su vida empezó a deshacerse poco a poco, como algo que se pudre desde dentro. Lo que antes era una copa al final del turno se convirtió en botellas enteras, en noches que no terminaban nunca, en despertares llenos de bilis y rabia. Bebía para olvidar, pero en el fondo sabía que lo hacía porque necesitaba culpar a alguien... y ya no tenía a quién.

O eso creía.

Porque su verdadero problema —o al menos así lo veía él— tenía nombre.

Kika.

La obsesión no llegó de golpe. Se fue colando, silenciosa, creciendo en los huecos que había dejado el resto de su vida. Al principio eran pensamientos sueltos, recuerdos incómodos. Luego se volvieron constantes. Necesarios.

Óscar nunca había soportado cómo era ella. Su forma de vestir, de hablar, de mirar sin pedir permiso. Todo le parecía una provocación. Una falta de respeto.

Nunca la entendió.

Y lo peor era que tampoco quiso hacerlo.

Su exmujer, en cambio, había optado por lo contrario: ignorarlo todo. Apenas estaba en casa, y cuando estaba, parecía ausente. Decía que trabajaba, pero Óscar sabía la verdad. Noches enteras en salas de póker ilegales, rodeada de humo y mentiras, perdiendo dinero que no tenían como si nada importara.

Esa casa había sido un desastre mucho antes de romperse.

Pero Óscar necesitaba un culpable.

Y la eligió a ella.

Esa noche, bajo la luz sucia de una farola parpadeante, encendió otro cigarrillo con manos temblorosas. El frío se le metía en los huesos, pero apenas lo notaba. Llevaba días dándole vueltas a lo mismo, sin poder quitárselo de la cabeza.

La había visto.

O eso creía.

Durante una de sus caminatas sin rumbo —esas en las que arrastraba los pies por calles vacías, como un fantasma—, algo llamó su atención. Un portal oscuro, la lluvia cayendo con fuerza... y una figura.

Solo fue un segundo.

Pero le bastó.

Era ella.

Kika.

Óscar apretó la mandíbula, dejando escapar el humo lentamente, con los ojos fijos en la nada. La imagen volvía una y otra vez, cada vez más nítida, más insistente.

No había sido un error.

No podía serlo.

Y entonces, por primera vez en días, algo parecido a una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.

No una sonrisa de alivio.

Sino de control.

—Así que no has ido tan lejos... —murmuró para sí mismo.

La idea empezó a tomar forma en su cabeza, retorcida, peligrosa.

Tal vez aún estaba a tiempo.

No para arreglar nada.

Óscar no pensaba en disculpas.

Pensaba en encontrarla.

Y esta vez... no dejar que se le escapara.

HISTORIA DE LEYLAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora