El día de la entrevista de trabajo, Leyla no se levantó.
No porque no quisiera.
Sino porque no podía.
El techo de su habitación se había convertido en un límite imposible de atravesar. Lo miraba fijamente, como si en algún momento fuera a darle una respuesta, una señal, cualquier cosa que justificara el simple hecho de moverse. Pero no había nada.
Solo silencio.
Y ese peso.
Ese peso invisible que le aplastaba el pecho y le mantenía el cuerpo hundido contra el colchón, como si cada músculo hubiera olvidado cómo funcionar. La sábana le rozaba la piel y, aun así, le resultaba ajena, como si no terminara de habitar su propio cuerpo.
La depresión no llegó de golpe.
Se había ido instalando poco a poco.
En los huecos.
En los silencios.
En las decisiones que ahora no dejaban de repetirse en su cabeza como un bucle sin salida.
Esther.
Su nombre apareció sin aviso.
Y con él, una sensación punzante, casi física.
Se dio cuenta —demasiado tarde— de lo que había soltado. No era solo una persona. Era estabilidad. Era calma. Era alguien que la miraba sin hacerla dudar de sí misma.
Y lo cambió.
Por algo que ni siquiera podía definir ahora.
Lo de Kika había sido otra cosa.
Más rápido.
Más intenso.
Más... adictivo.
Pero también más inestable.
Más confuso.
Más vacío.
Cerró los ojos con fuerza.
Aún podía sentirlo.
Ese vértigo.
Esa electricidad.
Ese momento en el ascensor donde todo parecía tener sentido... y al mismo tiempo no lo tenía en absoluto.
Ahora, en cambio, todo era lo contrario.
Frío.
Plano.
Pesado.
La intensidad que antes la había hecho sentir viva, ahora se había transformado en una ausencia brutal. Como si alguien hubiera apagado algo dentro de ella sin previo aviso.
Y Kika...
Nada.
Ni un mensaje.
Ni una llamada.
Ni una explicación.
Ese silencio no era neutro.
Era activo.
Dolía.
—¿Qué hice...? —susurró, apenas audible.
Pero la pregunta no buscaba respuesta.
Porque en el fondo ya la sabía.
Había actuado por impulso.
Por necesidad.
Por miedo a no sentir nada.
Y ahora estaba ahí.
Sintiéndolo todo.
Demasiado.
Su mente empezó a girar otra vez, encadenando pensamientos sin control. Imágenes, recuerdos, frases que Esther le había dicho, miradas que ahora entendía de otra manera.
La forma en que la había mirado el último día.
No era sorpresa.
Era intuición.
Leyla apretó los ojos, llevándose una mano a la cara.
Le dolía.
No de una forma concreta.
Sino difusa.
Constante.
Como si todo dentro de ella estuviera desajustado.
La entrevista.
El móvil.
La llamada extraña.
Todo eso debería importarle.
Debería levantarse.
Ducharse.
Ir.
Pero su cuerpo no respondía.
Y su mente... tampoco ayudaba.
Porque cada intento de pensar en avanzar se encontraba con lo mismo:
Un vacío.
Una sensación de haber cruzado un punto sin retorno.
Los errores del pasado no eran recuerdos.
Eran presencias.
Estaban ahí, sentados con ella en la habitación, recordándole que cada decisión había tenido un precio. Y que ahora tocaba pagarlo.
Ese día tenía que ser un comienzo.
Una oportunidad.
Algo a lo que agarrarse.
Pero desde donde estaba, no se sentía así.
Se sentía como el final de algo.
Como si su vida no se estuviera rompiendo de golpe... sino deshaciendo lentamente, entre sus propios dedos, sin que pudiera hacer nada para detenerlo.
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HISTORIA DE LEYLA
ActionHISTORIA DE LEYLA Leyla Banks tiene veinte años y una vida que se derrumba a toda velocidad. Las cartas del banco se acumulan sobre la mesa. Las facturas impagadas ahogan cualquier intento de salir adelante. Y el hogar que siempre creyó seguro está...
