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Amanda acomoda sus pertenencias en la que ahora seria su nueva casa, doblando su ropa y colgando sus mejores obras en la sala. Su padre se había encargado de que encontrara la mejor casa, con la vista más bonita y le compro los muebles más lujosos, para enseñarle que siempre llega algo mejor.
Finalmente luego de horas de arduo trabajo, decidió darse una cálida ducha y relajarse en su nueva casa. Nada más salir, su timbre sonó; Supuso que sería Rufina, pues nadie más conocía su nuevo domicilio.
Ni siquiera se molestó en vestirse, se puso su bata de seda color vino y abrió la puerta. La sorpresa se la llevó al ver que había del otro lado. Un gran ramo de rosas rojas tapaba su rostro, pero aquellos ángeles y símbolos japoneses tatuados en sus manos eran demasiado reconocibles, aún más para alguien que le prestaba tanta atención como Amanda.
—¿Qué haces acá? —pregunta emocionada, saltando a sus brazos— ¡Que lindas!¡Gracias!
—Se que estas deja'a y por eso vine, baby —responde— No quería arriesgarme a que alguna otra te consuele —comenta, posesiva pero tierna—
Aquel acento boricua lograba que las piernas de Amanda se desarmaran en su totalidad. No era consciente de cuanto extrañaba la calidez de sus brazos hasta que estuvo nuevamente allí.
—Si, es muy reciente por eso no te conté nada —explica, oliendo las rosas—
—Yo voy a hacer que tú la olvides, mami —asegura Victoria con una pizca de picardía en su rostro— Abrí que voy a entrar —ordena—
—Vení, pasa —acepta Amanda, tomó el pequeño bolso que Victoria transportaba con ella e ingresaron a la casa— Me hubieras avisado y te iba a buscar al aeropuerto
—No hizo falta, mami, tu padre envió a ¿Leo? —responde dudosa, Amanda alzó la cejas— ¡Oh, si! Rufina y tu padre planificaron todo esto —comenta—
Amanda no lo podía creer, aquellos dos eran terribles, pero sabían cómo alegrarle los días.
—Mira, te voy a hacer un tour por mi casa —propone, tomo de la mano a Victoria y comenzaron a recorrer juntas la casa. Al final, ambas estaban conociéndola—
Victoria se dejó arrastrar, pues había extrañado esa efusividad que portaba la argentina y su energía que parecía inagotable. Recorrió cada rincón de la casa, escuchó atentamente la razón por la cual se había mudado, aunque Amanda omitió partes, y opinó sobre sus ideas para nuevas decoraciones.
—Mami ¿No tienes hambre? —pregunta Victoria, sobándose el estómago—
La morocha comprendió rápidamente que quien tenía hambre, era ella.
—Date una duchita y salimos a cenar algo ¿Queres? —propone Amanda, acariciando el muslo de Victoria—
—Actually, no —niega— Prefiero quedarme aquí contigo, solitas y disfrutando de ti —explica con una sonrisa pícara y un tono provocativo—
La menor sacudió la cabeza y se acercó a la cocina en busca de algo para comer, pero se topó con la heladera completamente vacía... la muy imbecil había olvidado hacer las compras para la cena entre todo el desastre de la mudanza y la llegada de Victoria.
—Tenemos un problema, Houston... —comenta, agarrada de la puerta de la heladera— Me mude hoy y me olvide de hacer las compras, así que si queres comer acá tenemos que ir a comprar como cualquier hija de vecino —Victoria río por lo despistada que podía llegar a ser—
La castaña aceptó, pues lo que más había extrañado de cierta Argentina eran las cosas simples, tenerla en su estado más natural y cotidiano, como por ejemplo haciendo las compras.
Ambas se abrigaron lo máximo posible, pues Argentina estaba atravesando un invierno extremadamente frío y juntas, tomadas de la mano, cual pareja feliz, caminaron hasta el supermercado más cercano buscando que cenar.