𝟎𝟏|𝟐

1.6K 113 24
                                        

𝐋𝐎 𝐐𝐔𝐄 𝐍𝐎 𝐓𝐈𝐄𝐍𝐄 𝐍𝐎𝐌𝐁𝐑𝐄

La primera vez que Amanda volvió al MALBA después de su ruptura —si es que podía llamarse así— sintió que le temblaban los talones dentro de los stilettos

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

La primera vez que Amanda volvió al MALBA después de su ruptura —si es que podía llamarse así— sintió que le temblaban los talones dentro de los stilettos.

Esa mañana se había despertado sin querer. Dormía poco y mal, aunque nunca lo decía.

Se levantó envuelta en un vestido negro liso, que la abrazaba como una sombra. No lo eligió: lo encontró arrugado sobre la silla, y supuso que era suficiente. Lo planchó con las manos. Se maquilló como si no le doliera el alma. Y salió de la casa sin decirle nada a Rufina, que la había estado esperando con mate desde la cocina, como cada mañana de desde su llegada a Buenos Aires.

— Hoy no, Piru —suplico al pasar— Hoy tengo que luchar contra yo misma, otra vez.

Rufina no preguntó. Las mejores amigas no preguntan todo.

El MALBA no era un museo. Era su casa.
Un templo para lo que Amanda había sentido en sus peores años. Su padre lo había construido por ella.

Amanda creció viéndose reflejada en esas paredes blancas que cambiaban cada vez que ella decidía destruir y volver a crear. Nadie la cuestionaba. Nadie decidía por ella. Ese museo era Kitty. Y aunque ese nombre la hiciera sonreír en días normales, el último tiempo pesaba.

Entró con las uñas recién pintadas, el mechón negro detrás de la oreja, y el cigarro entre los dedos. A nadie le sorprendió. Fumar no estaba permitido ahí, pero Amanda nunca pedía permiso. Se lo concedían antes de que hablara.

La exposición era nueva. Más fría. Más distante. Líneas rotas. Formas sin nombre. Silencios en color beige.

— Esto no tiene amor —le había dicho un crítico semanas atrás.

Y Amanda se había reído.

Porque amor era exactamente lo que tenía, o lo que Amanda había pensado que era amor.

Caminó entre las piezas como quien camina su propio cuerpo. Observó sin mirar. Saludó con un gesto de ceja a dos coleccionistas y esquivó a una curadora insistente. Necesitaba aire. No en los pulmones. En la cabeza.

Fue entonces cuando la vio.

No había música, pero todo hizo silencio.
Estaba parada frente al lienzo más grande de la muestra. La obra se llamaba "Distancia". La mujer no hablaba. No gesticulaba. Solo miraba. Llevaba un vestido sastre color manteca, perfecto. Pelo recogido, cuello firme, postura derecha. Era hermosa, pero no era eso lo que llamaba la atención. Era el orden. La precisión. La manera en que parecía controlar incluso el ritmo de su respiración.

Amanda se quedó quieta.
Nunca la había visto. No era del círculo habitual. No llevaba cámara, ni celular, ni catálogo. Solo un pequeño cuaderno de notas cerrado entre las manos.

La mujer giró lentamente hacia Amanda.
Y bastó un segundo.

Amanda sostuvo la mirada. Lo hizo sin querer, como se sostiene un trago fuerte. Hubo algo ahí. No fue un reconocimiento. Fue una pregunta. Un eco.

La mujer le sonrió, apenas. Y se fue.

Amanda no supo por qué la siguió con la vista. Solo supo que quería saber más. Así que volvió a su oficina privada, encendió otro cigarro, y abrió Instagram.

Tecleó lo que creía haber escuchado en el murmullo de alguien cerca de la obra: "Bellorini".

Apareció una cuenta: @dbellorini

Siete fotos. Siete ciudades. Siete sedes jurídicas. Ningún rastro de vida personal.

Amanda apoyó la espalda en la silla y soltó el humo con desgano. Tenía algo de elegante esa frialdad. Le recordó a su propio reflejo.

Guardó el teléfono. No la siguió, pero tampoco la olvidó.

Esa noche, Rufina fue hasta su casa.
— Estás fumando más que nunca, gorda —reprochó, preocupada.

— Ya se me va a pasar —respondió Amanda sin mirarla, sacándose los tacos.

Rufina se sentó en la alfombra, como en los viejos tiempos. Se sirvieron vino. Hablaron poco, pero contundente.

Cuando Rufina se durmió en el sillón, Amanda volvió a abrir Instagram. Miró una vez más las siete fotos. Sintió una intriga leve pero nítida.

Y por primera vez en semanas, se rió sola.

Estaba sola. No necesitaba a nadie.

Pero había algo en ese nombre, Domenica Bellorini, que se le había metido en la boca del estómago. No era amor. No era deseo.

Era otra cosa. Algo que todavía no tenía nombre.
Y Amanda, que era artista, sabía que lo que no tiene nombre... es lo más difícil de olvidar.

*ੈ✩‧₊˚*ੈ✩‧₊˚*ੈ✩‧₊˚*ੈ✩‧₊˚*ੈ✩‧₊˚*ੈ✩‧₊˚

𝐛𝐲𝐬𝐚𝐟𝐢𝐜𝐚

𝐌 𝐔 𝐒 𝐀 Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora