𝟐𝟑

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˚*ੈ✩‧₊˚*ੈ✩‧₊˚𝐏𝐀' 𝐒𝐈𝐄𝐌𝐏𝐑𝐄˚*ੈ✩‧₊˚*ੈ✩‧₊˚

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El aire de Nordelta tenía un perfume distinto. Algo en la mezcla del agua del lago, el césped recién cortado y el lujo impregnado en cada esquina le resultaba a Vicki ajeno, como si estuviera respirando en otro planeta.

El auto de Amanda rodaba con suavidad por calles impecables, rodeadas de casas que no parecían hogares, sino exhibiciones de revistas de arquitectura. Vicki se hundió un poco en el asiento del copiloto, sintiendo cómo su garganta se apretaba.

Amanda, al volante, le echó un vistazo de reojo y sonrió con ternura.

—Estás nerviosa...

—Nah —respondió Vicki, cruzándose de brazos.

—Mentira.

Vicki bufó y miró por la ventana.

—Es que... diablo, baby, mira esta jodienda. Tú vives en un maldito museo.

Amanda soltó una risa sincera. —¿Y qué tiene que ver?

Vicki apretó los labios. Claro que tenía que ver. Todo esto, esta casa de ensueño, el arte, el mundo en el que Amanda había crecido... y ella. Una muchacha de barrio, criada entre carencias y calles llenas de ruido. ¿Cómo encajaba en todo esto? ¿Cómo un hombre como Eduardo, culto, millonario, protector, la vería con buenos ojos después de que su hija salió de una relación con alguien mucho más... apta?

—Mirá —soltó Amanda, sacándola de sus pensamientos—.Mi papá es un personaje, pero si hay algo que odia es la hipocresía. Si te quiere en mi vida, te va a querer por lo que sos, no por lo que tenés.

Vicki tragó saliva —O por lo que no tengo.

Amanda frenó en la entrada de la casa y giró el rostro para mirarla con seriedad.

—Bajate de esa nube. Sos suficiente, Vicki. Para mí y para cualquiera que me quiera ver bien.

Vicki no respondió. Solo asintió y bajó del auto, sintiendo el peso de la conversación hundirse en su pecho.

La puerta de la mansión se abrió antes de que pudieran tocar el timbre.

—¡Ami, mi amor!

Eduardo apareció en el umbral con su porte impecable, vestido de traje sin corbata, el cabello algo desordenado, como si hubiera estado ocupado en algún cuadro o escultura. Amanda corrió hacia él y se fundieron en un abrazo que hablaba más que cualquier palabra.

—Papi... —susurró Amanda contra su pecho.

Vicki observó la escena desde la distancia, sintiéndose de más. Justo cuando pensó en dar un paso atrás, Eduardo levantó la vista y la encontró con sus ojos de hombre sabio.

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