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El cigarro ardía entre sus dedos, la brasa iluminando la oscuridad del Airbnb con un resplandor tenue. Amanda exhaló el humo con lentitud, dejando que la nicotina se aferrara a sus pulmones antes de soltarla en un suspiro denso. No recordaba cuándo había comenzado a fumar de nuevo. Tal vez había sido después de Sofía. O tal vez después de la primera vez que Victoria le rompió el corazón.
El sabor amargo del tabaco se mezclaba con el nudo en su estómago. Cerró los ojos por un segundo. Solo un segundo. Pero la imagen de Victoria seguía ahí, tatuada en su retina. Su pelo alborotado, sus labios entreabiertos por la rabia, su voz quebrándose apenas cuando le preguntó si Sofía todavía le gustaba.
Amanda se pasó la lengua por los dientes y apagó el cigarro en el cenicero de vidrio.
Había cruzado el puto océano por ella...
Y Victoria la había recibido con su ex en la puerta de la casa de sus padres.
Se puso de pie con un suspiro, agarró las llaves del Camaro y salió sin pensarlo demasiado, porque si pensaba, se enredaba en su propia cabeza. Porque si pensaba, terminaba volviendo a ese Airbnb a fumar otro cigarro y ahogarse en su propia miseria.
Mariana y Mauro, la única parte de Puerto Rico que no la hacía sentir completamente desubicada.
Pisó el acelerador y dejó que el rugido del motor le ahogara los pensamientos.
Pero...
Victoria llegó primero.
— ¿Qué carajo te pasa, loca? —soltó Mariana apenas la vio entrar sin golpear.
— No empieces, Mari —suplico estresada—
Mauro, sentado en el sofá con un porro entre los dedos, la miró con una ceja levantada.
— Pa' que hables así, seguro se trata de Amanda o de Andy
Victoria chasqueó la lengua, pero no respondió. Solo se dejó caer en el sofá y le sacó el porro de la mano a Mauro, dándole una calada profunda antes de devolverlo.
Mariana cruzó los brazos.
— ¿Qué pasó ahora?
Victoria exhaló el humo con los ojos cerrados.
— Nada... Todo.
Mariana y Mauro se miraron.
— ¿Qué significa todo?
Victoria apretó la mandíbula. No quería decirlo en voz alta. No quería admitir que estaba perdiendo el control.
— Esta aquí
Mauro resopló.
— Sí, eso ya lo sabemos. Pero ¿qué pasó?
Victoria soltó una risa sin humor.
— Vino a casa y Andy estaba allí. Fui a buscarla a su airbnb, nos gritamos. Nos dijimos mierdas. Ella me dijo que me fuera a "la concha de mi madre" —imitó el acento de Amanda—
Mariana abrió los ojos de par en par.
— ¡Diablo!
— Lo merecía —admitió Victoria, más para sí misma que para ellos.
Mauro se frotó la cara con las manos.
— Ustedes son un desastre.
Victoria tomó otro golpe del porro y dejó que el humo llenara sus pulmones antes de soltarlo.
— I know
No lo dijo con tristeza. Lo dijo con resignación.
La conversación quedó flotando en el aire denso de humo y silencio. Hasta que el sonido de un motor rompió la calma.
Mariana miró a Mauro, Mauro miró a Victoria.
— Esa es Kitty
Victoria cerró los ojos con frustración.
— También lo sé
Amanda entró sin golpear y el mundo se congeló por un segundo.
Victoria no supo qué esperaba sentir al verla otra vez. Tal vez rabia. Tal vez más ganas de gritarle. Pero lo que sintió fue vértigo.
Porque Amanda siempre tenía esa forma de hacer que el mundo se inclinara a su favor.
— ¿Qué hacés acá? —preguntó Amanda, su voz más ronca de lo usual, con ese inconfundible acento porteño que a Victoria le quemaba los nervios.
— Son mis mejores amigos y yo llegué primero —respondió Victoria, alzando la barbilla con desafío.
Amanda bufó una risa cínica.
— Sí, ya veo. Como alguien que conoces bien.
Mauro resopló desde el sofá.
— Ustedes dos no pueden estar en la misma habitación sin querer arrancarse la cabeza, ¿verdad?
Amanda le dedicó una mirada afilada, pero no respondió. Mariana, con la paciencia colgándole de un hilo, suspiró.
— Miren, ustedes pueden seguir matándose o pueden sentarse, beber algo y dejar de joder.
Amanda la miró con desdén, pero terminó dejándose caer en un sillón. Victoria hizo lo mismo.
Mauro pasó un porro a Amanda sin decir nada.
Ella lo miró por un segundo antes de llevárselo a los labios.
Y la tensión se aflojó.
No desapareció, pero dejó de cortar el aire como una hoja afilada.
Las copas se llenaron. El humo se hizo más espeso.
Y cuando la conversación derivó en una mezcla de risas y reproches, Victoria se inclinó hacia Amanda con una sonrisa ladeada y los ojos brillando con algo peligroso.
—Dale, baby, un quicky y luego si quieres me dices 'thank you, next'.
Amanda se detuvo.
Por un segundo, pensó en hacerlo.
En dejarse llevar.
En perderse en Victoria como tantas veces lo había hecho.
Pero entonces, en su cabeza, apareció la imagen de Andy.
Y algo dentro suyo se torció con asco.
Dejó el porro a un lado, se inclinó hacia Victoria y le susurró, con una sonrisa mordaz:
— No, gracias. No me gusta compartir.
Victoria parpadeó.
Por primera vez en la noche, no supo qué responder.
Amanda se puso de pie y agarró sus llaves.
— Nos vemos.
Y con eso, se fue.
Victoria la vio irse sin moverse.
Mariana y Mauro la miraron sin decir nada.
Y en ese silencio, Victoria entendió algo.
Amanda la había rechazado y eso... Eso dolía más que cualquier pelea.