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El calor húmedo de San Juan les pegó en la cara apenas bajaron del avión. Amanda encendió un cigarro en la salida del aeropuerto mientras Rufina levantaba una ceja: no habían pasado ni cinco minutos en la isla y ya estaba en modo desafío. El taxi las llevó hasta una concesionaria iluminada como un templo moderno: Dodge, Ram, luces de neón, brillos metálicos. Amanda pidió una Laramie 2500 negra, la misma que dormía en su garage de Nordelta y que casi nunca usaba.
— ¿Esa no es como la que tenés en casa? —preguntó Rufina, curiosa.
— Sí, es la misma, pero no la uso nunca. Capaz la venda. —Amanda le tiró las llaves al empleado, sin mirarlo.
— ¿No tenías solo el Camaro? —saltó Domenica, con un tono más punzante que inocente.
Amanda se giró como si le hubieran escupido. — No. Tengo varios. El Camaro, un McLaren, un Porsche, un Audi y una igual a esta. Solo uso el Camaro porque es diferente.
El aire entre ellas se tensó desde ahí. Subieron al Ram y salieron a la autopista en dirección a Añasco. La carretera brillaba bajo el sol caribeño, larga, infinita. El estéreo encendió solo, como si la isla misma quisiera hablar.
La Ram avanzaba firme por la autopista, tragándose kilómetros de asfalto caliente. La radio reventaba con "Riri"; Amanda cantaba a los gritos, Rufina la filmaba entre carcajadas.
"Par de Phillies en la cartera, negro es el Panamera La baby es exclusiva, no anda con cualquiera Tiene par de pesitos, se compra lo que ella quiera Ropita de marca, Carolina Herrera"
De golpe, Domenica le bajó un punto al volumen. — ¿Qué haces? —pregunto Amanda, confundida—
— ¿Qué Porsche tenes?
— Un Panamera ¿por? —responde, aún más confundida que antes—
Domenica rodó los ojos, y habló: — ¿Color?
— Negro ¿Me vas a explicar que pasa, Tana?
Domenica no la miró. Seguía con la vista fija en la carretera.
— Que llevo siete meses con vos y nunca me dijiste que tenías un Porsche. Pero Victoria, con cogerte un par de veces, ya lo sabía.
El aire se espesó en un segundo. Rufina bajó el celular, incómoda, como si hubiera filmado algo prohibido.
Amanda apretó el volante, el cigarro temblando en su mano. — Domenica... vos tenés millones en el banco. ¿De verdad te importa si tengo un auto más?
Domenica giró al fin, los ojos clavados en ella como cuchillos.
— No es el auto, Amanda. Es que ella sabía. Ella, que no fue más que un polvo, sabía cosas que yo nunca.