𝟐𝟐|𝟐

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𝐌𝐀𝐑𝐀𝐓𝐎𝐍 𝟏/𝟑

Amanda supo que el viaje ya había empezado mucho antes de llegar al aeropuerto

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Amanda supo que el viaje ya había empezado mucho antes de llegar al aeropuerto. Empezó cuando se dio cuenta de que el cuerpo no le pedía huir, sino acomodarse. Cuando la ansiedad no era vértigo sino una especie de cansancio, de esos que aparecen después de tomar una decisión que es imposible deshacer.

En la sala de embarque, el tiempo parecía avanzar por inercia. Rufina hablaba de cualquier cosa y Mariana asentía mientras revisaba el celular, sin prestarle mucha atención. Victoria estaba ahí, apoyada contra una columna, observándolo todo sin opinar demasiado. Tenía esa calma que no parecía indiferencia, sino precaución. Como si supiera que en ese momento no había mucho que pudiera hacer.

Amanda la miró sin querer o queriendo. Le llamó la atención un detalle mínimo: cómo Victoria sostenía el vaso de café con las dos manos, como si necesitara anclarse a algo sólido. Pensó que ese gesto, tan simple, era una forma de mantenerse entera.

— Ki, avisa cuando llegues —pidió Rufina, finalmente, con un tono liviano que escondía más afecto del que parecía.

— Sí, gorda —respondió Amanda— Apenas aterrice te escribo.

Victoria no dijo nada. Se acercó apenas y apoyó la mano en la cadera de Amanda. No fue un gesto de despedida ni un hasta luego. Fue algo más discreto: un "te espero acá" sin exigencias. Amanda respiró hondo. Eso era todo lo que necesitaba.

Cuando anunciaron el embarque, abrazó a cada una con cuidado. A Victoria la abrazó un segundo más. Después caminó hacia el control sin mirar atrás. No porque no doliera, sino porque si miraba, quizás se quedaba. Y quedarse, esta vez, habría sido una forma de mentirse.

𝐅𝐋𝐀𝐒𝐇𝐁𝐀𝐂𝐊

Estaban desayunado en el cuarto del hotel. La bandeja sobre la cama, el café que se enfriaba rápido, los croissant  apenas mordidos. La ventana entreabierta dejaba entrar un ruido lejano de la ciudad despertándose, como si el mundo siguiera igual aunque ellas estuvieran suspendidas en otra cosa.

Victoria estaba sentada contra el respaldo, con el pelo revuelto y una remera larga que no era suya. Miraba a Amanda con atención tranquila, esperando el momento justo.

— ¿So... qué hacemos ahora, mami? —preguntó al fin, como si no estuviera segura de querer saber la respuesta.

Amanda tardó en contestar. Untó manteca en silencio, como si ese gesto le diera tiempo para ordenar lo que iba a decir.

— Primero voy terminar lo que empecé —suspiro— Después vemos.

Victoria asintió despacio.

— Hoy a la mañana compré un pasaje a Italia —agregó Amanda— Apenas me desperté.

Victoria respiró hondo. Hubo un segundo de algo parecido al miedo, pero pasó rápido.

— Está bien. Si crees que es lo correcto, do it...

𝐅𝐈𝐍 𝐃𝐄𝐋 𝐅𝐋𝐀𝐒𝐇𝐁𝐀𝐂𝐊

Italia la recibió con un clima espeso y una luz distinta, como si todo estuviera un poco más expuesto. Amanda viajó hasta el estudio jurídico de Domenica con una calma que le sorprendió. No estaba nerviosa. Estaba atenta, atenta a no fallar a su palabra.

Domenica levantó la vista cuando la vio entrar. Sonrió de inmediato, pero había algo en esa sonrisa que no estaba del todo intacto. Un gesto aprendido, sostenido por costumbre.

— Ami.

— Tana.

Se besaron en la mejilla. El contacto fue correcto, casi profesional.

— Vos y yo tenemos una cita esta noche —soltó Amanda, con ese tono suyo que siempre mezclaba cariño y picardía— Ponete linda.

Domenica la miró fijo. En sus ojos pasó algo rápido: comprensión, tristeza, aceptación.

— Está bien —respondió— Te espero

La terraza del restaurante en Sicilia era hermosa sin esfuerzo. Velas bajas, mesas de madera clara, una música suave que parecía deslizarse entre las conversaciones. Cenaron despacio. Hablaron de cosas conocidas: viajes, anécdotas, gente en común. Como si el lenguaje compartido fuera una forma de despedirse sin decirlo todavía.

Amanda dejó la copa de vino sobre la mesa y apoyó la mano al lado, como marcando territorio.

— Creo que estoy lista para separarnos, Tana.

La frase cayó sin estruendo. Domenica no se sobresaltó. Bajó la mirada, respiró hondo y tomó un sorbo de vino antes de contestar.

— Lo sabía, Ami —acepto— Desde hace tiempo.

Amanda sintió un pinchazo de culpa, breve pero agudo.

— No supe cómo decirlo antes.

— También lo sabía—respondió Domenica— Y te agradezco que estés acá ahora. Podrías haberlo hecho de cualquier otra manera horrible.

Se quedaron en silencio un momento. Domenica jugueteó con la servilleta, desarmándola sin darse cuenta.

— Te voy a pedir algo. Una última semana. No para fingir, para cerrar bien, para despedirnos con algo lindo que no sea esta cena.

Amanda frunció el ceño. No por enojo, sino por el peso de lo que implicaba.

— Una semana para despedirnos, pero sin fingir. Sin sexo. Sin hacer como si no supiéramos lo que sabemos.

Domenica sonrió, con una vulnerabilidad que no intentó disimular.

— ¿Ni un piquito, entonces? —pregunto medio en broma medio en verdad

Amanda negó con la cabeza, sonriendo, pero los ojos se le humedecieron.

— Ni un piquito —afirmó—

— Está bien —aceptó Domenica— Gracias, Cara mía

Terminaron de cenar sin apuro. Pagaron la cuenta. Bajaron juntas a la calle. La noche estaba tibia, amable.

En la vereda, se miraron un segundo largo. No se tocaron. No hizo falta.

Un taxi se detuvo para Domenica. Otro para Amanda. Se despidieron con un beso en la mejilla, cuidado, consciente.

Cada una subió al suyo.

Los autos arrancaron y tomaron direcciones distintas, perdiéndose por calles diferentes de la ciudad. Amanda apoyó la frente contra el vidrio mientras el taxi avanzaba. No sintió alivio inmediato. Sintió algo más honesto: la certeza de haber hecho lo correcto, aunque doliera.

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𝐛𝐲𝐬𝐚𝐟𝐢𝐜𝐚

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