𝟏𝟐|𝟐

1.1K 91 66
                                        

𝐕𝐀𝐌𝐎𝐒 𝐀 𝐇𝐀𝐂𝐄𝐑𝐋𝐎 𝐀𝐋𝐂𝐀𝐍𝐙𝐀𝐑

La habitación tenía el olor a alfombra húmeda y perfume caro que solo los hoteles cinco estrellas pueden otorgar

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

La habitación tenía el olor a alfombra húmeda y perfume caro que solo los hoteles cinco estrellas pueden otorgar. El cielo de Los Ángeles colgaba, gris y sin sombra, detrás del ventanal. Y en el centro de todo, Amanda fumaba, como quien se castiga por amar lo que la desarma.

Domenica no hablaba. Estaba a su lado, apoyada en la baranda del balcón, con las manos juntas, los nudillos blancos y la respiración apretada. El cabello recogido, la camisa arrugada por el viaje, las ojeras apenas cubiertas por el corrector. No era su mejor versión. Pero era la más real.

Amanda inhaló. El cigarro crepitó un poco. Soltó el humo hacia un costado. No hacia ella. Nunca hacia ella. Porque sabía que Domenica odiaba el humo. Y más que eso: lo que simbolizaba. Meses de insistencia. De "dejalo, por vos, por mí, por nosotras". Meses ganados, borrados en una sola pitada.

El silencio se quebró cuando Domenica lo eligió.

— ¿Estuviste con ella, no?

No hubo énfasis. No hubo dramatismo. Solo una pregunta precisa, como quien lee en voz alta una frase que ya sabía de memoria.

Amanda no contestó enseguida. Su cuerpo se tensó apenas. Los hombros se levantaron. Miró la ciudad, como si allá abajo estuviera la respuesta. Y luego, sin decir nada, asintió.

Una vez. Lento. Como si la cabeza le pesara el doble.

Domenica cerró los ojos un instante. No lloró. Todavía no.

El corazón se le rompía en tiempo real, pero no se desbordaba. Era una mujer demasiado entrenada para eso. Hasta que Amanda habló. Hasta que dijo lo que no debía.

— Es que... cuando se trata de Victoria, no lo puedo evitar.

La frase no era nueva. Pero dicha en voz alta, en ese tono, con ese olor a nicotina y a confesión... fue letal.

Domenica se quebró en silencio. Un solo movimiento del cuerpo: se curvó hacia adelante, como si le doliera el estómago. Apoyó la frente en sus antebrazos. La baranda del balcón era fría. Metálica. Real. Amanda, no.

— Creí que teníamos algo sólido, Ami —dijo con la voz rasgada— Que te iba a poder cuidar, hacer olvidar de todo esto. Que ibas a elegir estar conmigo.

Amanda la miró. Con compasión, con dolor, con una culpa asquerosa que le subía por las costillas como un vómito dulce.

— Te elijo, Tana. Todos los días.

— Pero a la noche la elegís a ella —escupió Domenica, sin levantar la vista— Como si yo fuera el desayuno, y ella... un postre asqueroso que no podés dejar de probar.

Amanda cerró los ojos. Se apoyó de espaldas contra la puerta ventana. El cigarro entre los dedos se consumía solo.

— Así es como funcionan las amantes —dijo, como si eso la protegiera— De cara al mundo con la oficial. De noche, un rato con la otra. La que nadie ve.

𝐌 𝐔 𝐒 𝐀 Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora