𝟎𝟓|𝟐

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𝐔𝐍𝐀 𝐂𝐇𝐈𝐂𝐀

Amanda llegó a Recoleta justo antes de que el sol comenzara a teñir las veredas de un dorado melancólico

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Amanda llegó a Recoleta justo antes de que el sol comenzara a teñir las veredas de un dorado melancólico. Llevaba una minifalda negra que dejaba ver sus piernas largas, un top de algodón blanco, y borcegos acordonados, blancos, con plataforma. Caminaba como si el mundo fuera un pasillo y ella supiera exactamente a dónde iba. Pero por dentro, algo se le agitaba. No nervios. Expectativa.

El cuadro pesaba poco, pero se le hacía inmenso. No por su tamaño, sino por su historia.

Tocó el portero. Subió. Domenica abrió la puerta con una copa de vino dulce en la mano y la otra ya esperándola en la mesa del living. Vestía un vestido de lino claro, suelto pero ceñido a la cintura por un cinturón fino. Parecía recién salida de una película italiana de los 70, pero mejor. Más real.

—Hola —saludo Amanda, con media sonrisa.

— Hola, Amanda —la voz de Domenica era firme y serena, pero se le notaba una vibración especial al pronunciar su nombre— ¿Ese es el cuadro?
Amanda asintió.

— "Distancia". El original. Sin precio. Solo tuyo.

— Eso no es justo. Dejá que te pague, aunque sea una parte.

— No. —Amanda entró sin pedir permiso— No lo quería vender, pero terminé queriéndotelo regalar.

— ¿Y por qué a mí?

— Porque lo quisiste antes de saber lo que significaba.

Domenica cerró la puerta despacio, y el silencio que quedó fue tan elegante como ella.

Entre risas y medidas mal hechas, colgaron el cuadro sobre una pared blanca y vacía del estudio. Domenica sostenía el marco mientras Amanda intentaba que quedara derecho. Fallaban, pero no importaba.

— No lo quería tanto —confesó Domenica, de repente— Pero cuando me di cuenta que era una excusa para tenerte cerca... me empezó a parecer una necesidad.

Amanda la miró. Y esa mirada decía todo. Lo que callaban con palabras se gritaba con el cuerpo.

— ¿Vamos a caminar? —preguntó Domenica, como quien lanza una invitación cargada de intenciones.

— Sí, pero manejo yo —respondió Amanda con una sonrisa desafiante.

Domenica asintió, complacida. No discutía por poder. Con Amanda, prefería negociarlo con caricias sutiles y silencios prolongados.

Galerías Pacífico tenía esa luz de vitrales que parecía suspendida en el aire. Amanda caminaba reservada pero coqueta, sin despegarse demasiado. La rozaba al caminar, le tocaba la cintura suavemente para abrirse paso entre otras personas. Domenica, como quien no quiere pero todo lo ve, tomaba nota de cada detalle.

— ¿Eso te gusta? —preguntó ella, cuando Amanda se quedó mirando un bolso negro en una vidriera.

— Un poco.

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