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La luz matinal se filtraba entre las cortinas con una calidez dorada, iluminando las paredes con sombras alargadas. Entre las sábanas revueltas, la respiración pausada de ambas llenaba el silencio.
Amanda abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de un brazo sobre su cintura. Victoria dormía profundamente, su rostro medio oculto en la almohada, con el ceño apenas fruncido, como si incluso en sus sueños cargara con el peso del mundo.
Amanda la observó en silencio, memorizando cada detalle. La línea de su mandíbula, la forma en que sus pestañas proyectaban sombras sobre su piel dorada, el tatuaje en su cuello que asomaba entre los pliegues de la sábana.
Se mordió el labio con fuerza. Quería detener el tiempo. Quería quedarse ahí, atrapada en ese momento perfecto, sin la amenaza de un avión que la alejaría de ella en unas horas.
—No te vayas —murmuró, sin darse cuenta.
Victoria gruñó algo ininteligible y se removió, encajando mejor su rostro en el cuello de Amanda.
—Mmhh... ¿qué dijiste, baby? —preguntó con voz grave, todavía medio dormida.
—Nada.
Victoria entreabrió los ojos y la miró con una sonrisa perezosa antes de estirarse como un gato y volver a acurrucarse contra su cuerpo.
—Cinco minutos más... —susurró.
Amanda cerró los ojos y se dejó abrazar, sintiendo su aliento cálido contra la piel. Pero cinco minutos no eran suficientes. No cuando no sabía cuándo volvería a verla.
Más tarde, Amanda estaba sentada en el borde de la cama con los brazos cruzados, observando cómo Victoria sacaba ropa del armario y la doblaba con la precisión de alguien que ha pasado media vida en aeropuertos.
—Odio esto —espetó Amanda, frunciendo el ceño.
Victoria se rió.
—Mami, no pongas esa carita.
—No entiendo por qué te tomás el trabajo de doblar la ropa si después en la valija se arruga igual.
Victoria le lanzó una camiseta en la cara.
—No jodas. ¿Me vas a ayudar o solo piensas hacer berrinche?
Amanda suspiró con dramatismo y se levantó, Victoria sonrió de lado y la agarró de la cintura, atrayéndola contra su pecho. Amanda resopló y desvió la mirada, pero no se apartó de sus brazos.
—No me gusta que te vayas —confesó, bajando la voz.
Victoria apoyó la frente contra la de ella.
—No sé cuándo voy a volver, baby. Pero tú siempre puedes venir a verme.
Amanda cerró los ojos. Sabía que Victoria tenía razón, pero no era tan simple. Su vida estaba en Buenos Aires. Su trabajo, su familia, su mundo.