𝟏𝟗

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₊˚*ੈ✩‧₊˚*ੈ✩‧𝐒𝐔𝐏𝐄𝐑𝐌𝐄𝐑𝐂𝐀𝐃𝐎₊˚*ੈ✩‧₊˚*ੈ✩‧

El frío del invierno en Nordelta era algo que Victoria aún no terminaba de procesar

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El frío del invierno en Nordelta era algo que Victoria aún no terminaba de procesar. Estaba acostumbrada al calor del Caribe, a los días soleados y al aroma del mar. Pero ahí estaba, abrigada hasta el cuello, de la mano de Amanda, frente a un supermercado que para ella era solo eso, pero para Amanda era casi un campo de batalla desconocido.

—¿Estás lista? —preguntó Amanda, acomodándose la bufanda de lana y mirando a Victoria con una sonrisa que desbordaba confianza.—

—¿Lista para qué, mami? Solo vamos a comprar comida

—Vos no entendés... Esto es como un laberinto. Un paso en falso y salimos con mil cosas que no necesitamos.

Victoria rodó los ojos, aunque la sonrisa en sus labios la delataba.

—Come on, baby, que si tú sobrevives en la gran ciudad, sobrevivimos al súper.

Adentro, el calor del supermercado contrastaba con el viento helado de afuera. Amanda agarró un carrito y lo empujó con una exagerada actitud triunfal.

—Dale, vos decís y yo cumplo. ¿Qué compramos?

—Empezamos con verduras —respondió Victoria, revisando la lista mental que había armado.

Llegaron a la sección de vegetales y Amanda agarró un atado de acelga. Lo levantó con cara de experta y preguntó:

—Esto es... ¿lechuga?

Victoria se detuvo, la miró y soltó una carcajada que hizo eco en el pasillo —¡Puñeta, Amanda! Eso es acelga. ¿Tú no sabes distinguir una verdura? —ríe—

—Obvio que sí. Sé qué es una papa. —Amanda agarró una papa y la alzó como si fuera un trofeo.

—Ay, nena, me vas a matar. Dame eso, que aquí mando yo.

Amanda la miró, encantada por la autoridad que Victoria desprendía. Le pasó la papa, pero antes se inclinó hacia ella y susurró:

—Me encanta cuando te ponés mandona.

Victoria no pudo evitar sonreír y le dio un empujón juguetón.

—Cállate y sigue empujando el carrito.

El coqueteo continuó mientras pasaban de sección en sección. En el área de carnes, Amanda intentó redimirse.

—Ok, ahora sí. Esto es carne, ¿no? —dijo, señalando unas milanesas.

—Sí, pero no significa que sepas cocinarlas —responde, burlona—

—Eh, para. No cocino, pero soy buena acompañando. Te miro, te hago compañía... Y si hace frío, bueno, te caliento. —Amanda le guiñó un ojo, acercándose peligrosamente.

Victoria respiró profundo, tratando de mantener la compostura.

—Amanda, estamos en el súper.

—¿Y qué? Nadie nos conoce. Mirá. —Amanda se inclinó y le dio un beso suave en los labios. Victoria cerró los ojos un instante, disfrutando más de lo que quería admitir. —Aparte, cuando seas una artista mundialmente reconocida no vamos a poder hacer esto, así que, déjame disfrutarlo ahora

—Eres imposible —negó finalmente, aunque su sonrisa la delataba.

En el pasillo de snacks, Amanda llenó el carrito de chocolates y papas fritas.

—¿Esto no cuenta como comida? —preguntó, sosteniendo una bolsa de golosinas.

Victoria tomó la bolsa y la devolvió al estante.
—No, mami. Esto no es comida, es basura.

—Ah, sos cruel. Eso duele. —Amanda se llevó una mano al pecho, fingiendo estar herida.
—Pero te amo igual, boluda. —Victoria se rió y le dio un beso rápido.

En la caja, Amanda pagó mientras Victoria revisaba las bolsas. La cajera las miraba de reojo, divertida por la dinámica entre ambas. Afuera, el viento frío las golpeó nuevamente, pero Amanda no lo sintió. Tenía a Victoria a su lado, riendo y cargando una bolsa ligera.

—¿Qué te pareció? —preguntó Amanda

—¿El súper? Bien, pero lo mejor fue venir contigo.

—Eso dicen todas —bromeó Amanda

Victoria le dio un golpe suave en el brazo, pero Amanda la atrapó, rodeándola con los brazos y dándole un beso más largo.

—Bienvenida a mi mundo, amor. Ahora, prepárate, porque lo que viene es peor.

—¿Peor? —preguntó Victoria, arqueando una ceja.

—Cocinar juntas. Y aviso: ¡yo soy un desastre!

Las risas de ambas se mezclaron con el sonido del viento, y se sentían listas para enfrentar lo que fuera, siempre y cuando estuvieran juntas.

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𝐅𝐞𝐥𝐢𝐜𝐞𝐬 𝐟𝐢𝐞𝐬𝐭𝐚𝐬, 𝐦𝐢𝐬 𝐦𝐞𝐣𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐝𝐞𝐬𝐞𝐨𝐬 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐮𝐬𝐭𝐞𝐝𝐞𝐬
𝐛𝐲𝐬𝐚𝐟𝐢𝐜𝐚
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