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El restaurante estaba casi vacío. Una música instrumental sonaba tan bajo que apenas se notaba, y el aire traía olor a manteca dorada, a pan recién tostado. La luz ámbar caía desde las lámparas redondas y hacía brillar el vino dentro de las copas.
Amanda se acomodó el cabello detrás de la oreja y apoyó los codos sobre la mesa. Domenica, frente a ella, revisaba el menú aunque ya sabía qué iba a pedir. Siempre hacía lo mismo: simulaba dudar, leía, volvía atrás, y al final pedía lo habitual.
— ¿Ya sabés? —preguntó Amanda, con una media sonrisa.
— Sí —respondió Domenica— Lo mismo de siempre. Vos también, ¿no?
— Obvio. Si algo funciona, no lo cambio.
Pidieron los platos. Un corte para cada una, vino tinto, agua con gas. Cuando el mozo se alejó, Domenica apoyó el mentón en la mano y la miró.
— ¿Estás bien? —preguntó.
— Sí. Bastante. —Amanda se encogió de hombros— No sé, siento que todo se está acomodando...
— Te lo merecés, cara mía.
— No empieces con eso, jaja
— ¿Con qué?
— Con el tono de "me alegro por vos" —Amanda sonrió— Ya sabés que me pone nerviosa.
Domenica rió, bajito. — Bueno, me alegro igual.
Llegaron los platos. El vapor subió despacio, con ese olor a carne recién sellada. Domenica sacó el celular del bolso y, antes de tocar el cuchillo, dijo:
— Pará. Quiero sacarte una foto.
Amanda la miró, entre divertida y desconfiada. — ¿A mí? ¿Para qué?
— Porque sí —respondió Domenica, con una media sonrisa— Quiero tenerla de recuerdo.
Amanda rió con la boca cerrada, sin posar. — Dale, hacelo rápido antes de que se enfríe.
Domenica levantó el celular, apuntó, y la capturó en silencio, con una sonrisa.
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