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No era deseo. Era ella.
Amanda no podía dormir.
La ciudad parecía quieta, pero el aire seguía rugiendo.
Los Ángeles tenía ese modo extraño de mantenerse despierta sin hacer ruido. Las ventanas del hotel reflejaban una versión apagada del mundo. Y dentro de esa caja de silencio, Amanda se sentía como un corazón metido en hielo.
Había vuelto a su habitación sola. Como debía. Como correspondía.
Pero no estaba en paz.
Domenica había escrito un mensaje breve "Te amo, dormí bien." Amanda lo había leído tres veces. No respondió. No porque no lo sintiera. Sino porque el cuerpo tenía memoria.
Y esa noche, la memoria se le rebelaba.
Se sentó en la cama. El camisón de seda negra le caía sobre los muslos. El aire acondicionado estaba encendido, pero no sentía frío. Sentía otra cosa. Ese vacío lleno de sentido que solo aparece cuando la lógica pierde contra lo visceral.
Se levantó. Se puso una bata.
No se peinó. No se maquilló. No se perfumó. No fue un gesto planeado. Fue un impulso.
Caminó por el pasillo con pasos descalzos y alma desvestida.
No tenía muchas razones. Solo una: Victoria. Y a veces, una era suficiente.
Tocó la puerta 712 sin pensarlo demasiado.. No hubo respuesta inmediata.
Después de unos segundos, se escuchó una voz apagada:
— ¿Quién es?
Amanda tragó saliva.
— Soy yo, abrí.
Un breve silencio la envolvió. Luego, el clic de la cerradura. La puerta se abrió.
Victoria tenía el pelo suelto, húmedo. Una musculosa blanca. Calzoncillos tipo bóxer, grises. Los ojos hinchados. El cuerpo entero parecía reciente. Como si acabara de salir de un huracán.
No dijo nada. Solo se hizo a un lado para que Amanda entrara. Y Amanda entró.
La habitación tenía ese olor que Victoria siempre dejaba en los lugares: mezcla de colonia masculina, shampoo de almendras y algo indefinible. Un aroma a pertenencia.
— ¿Qué pasó? —preguntó Victoria, cerrando la puerta. No con voz de reproche. Con voz de quien ya conoce la respuesta.
Amanda se quedó de pie, en el medio de la habitación.