𝟐𝟓

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˚*ੈ✩‧₊˚*ੈ✩‧₊˚𝐔𝐍𝐀 𝐃𝐄𝐒𝐂𝐎𝐍𝐎𝐂𝐈𝐃𝐀 ˚*ੈ✩‧₊˚*ੈ✩‧₊˚

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La cena avanzaba en un equilibrio inesperado. Lo que comenzó con la ansiedad de Victoria, sintiéndose fuera de lugar en un mundo de copas finas y servilletas bordadas, había dado paso a una conversación cómoda y envolvente. Eduardo, con su porte de hombre sabio y la calma de quien ha vivido lo suficiente para reconocer a las personas por lo que son y no por lo que tienen, lograba hacerla sentir parte del ambiente.

Hablaban de arte, de música, de las diferencias entre la vida en Puerto Rico y Argentina. Eduardo, con su amor por la cultura, se mostraba genuinamente interesado en los relatos de Victoria sobre su infancia en Añasco, sobre las calles llenas de vida, el sonido de la bomba y la plena, la influencia de la salsa en cada esquina.

—Siempre me ha parecido fascinante el reggaetón en sus inicios —comentó Eduardo, girando su copa de vino en la mano— Esa crudeza, esa rebeldía... creo que los géneros musicales cuentan historias de los pueblos más de lo que muchos académicos quieren admitir.

Victoria, que nunca se había imaginado hablando de reggaetón con un magnate economista, soltó una risa genuina.

—Diablo, Señor Costantini, eso sí no me lo esperaba de usted.

—Eduardo, por favor —la corrigió con una sonrisa— Y sí, suelo sorprender.

Amanda, con la cabeza apoyada en su mano y una expresión divertida, miraba la escena con ternura. Ver a su padre y a Victoria conectar de esa manera le llenaba el pecho de calor.

Victoria se relajaba poco a poco, sintiendo que, tal vez, había encontrado un lugar en ese mundo de mármol y terciopelo.

Pero la paz nunca dura demasiado.

La atmósfera se tensó en el momento en que el maître se acercó con una expresión incómoda, deteniéndose a una distancia prudente de la mesa Costantini.

—Señor Costantini —comenzó con voz baja, dudando si debía interrumpir— Ha llegado una persona...

Antes de que pudiera continuar, una voz femenina, con la prepotencia de quien está acostumbrada a ser el centro de atención, se adelantó.

—No hace falta anunciarme como si fuera una desconocida.

Victoria sintió un escalofrío en la columna.

Amanda alzó la vista lentamente, su expresión de inmediato se endureció. Eduardo se giró con la lentitud de quien ya espera el desastre, su mandíbula tensa, su mirada gélida.

Y ahí estaba ella.

La rubia tenía ese aire de superioridad que nunca perdió, una sonrisa ladina pintada en los labios carnosos, sus ojos claros afilados como dagas. Llevaba un vestido de seda marfil que caía con elegancia sobre su cuerpo delgado, su cabello dorado recogido en una coleta pulida, como si cada hebra estuviera estratégicamente colocada.

A su lado, tomada del brazo, una mujer morena de rasgos duros, con el cabello en ondas que caían sobre sus hombros, la piel canela y una mirada que destilaba arrogancia. Había algo en su porte, en la manera en que analizaba la escena, que revelaba que sabía exactamente en qué papel estaba parada.

—Sofía —dijo Eduardo, con una calma afilada— Esta mesa está ocupada.

Sofía ladeó la cabeza con una expresión fingidamente inocente.

—Lo sé, Edu, pero pensé que no estaría mal pasar a saludar... después de todo, también fui una Costantini.

Amanda soltó una risa sarcástica.

—Ajá, claro. Ahora te acordaste —se burló—

El maître, intentando evitar un escándalo, se aclaró la garganta.

—Señorita Velázquez, hemos asignado su mesa en la otra sección del restaurante.

El gesto de Sofía se endureció por un instante, pero rápidamente se recompuso.

—¿La otra sección?

—Sí, señora.

Sofía entrecerró los ojos, con una mezcla de rabia y humillación contenida. No estaba acostumbrada a que la ubicaran lejos de los mejores espacios, y mucho menos a ser tratada como alguien prescindible; pero, en lugar de armar una escena, decidió jugar sucio.

Se giró lentamente y posó sus ojos en Victoria.

—Ah, claro... ya entendí todo.

Victoria mantuvo la mirada firme, sin regalarle la satisfacción de una reacción inmediata.

Sofía sonrió con veneno —Así que esto es lo que reemplazó cinco años de historia... qué interesante.

Amanda ni siquiera parpadeó —No la reemplazó. La superó.

Sofía la miró con una mezcla de furia y diversión, pero antes de poder responder, Eduardo hizo un gesto con la mano.

—Sofía, andá a tu mesa.

El mensaje era claro: ya no sos bienvenida acá.

La rubia mantuvo la compostura con dignidad forzada, tomó a Celeste del brazo y se alejó.

Su mesa estaba a pocos metros de la de los Costantini, lo suficientemente cerca como para ver y ser vista. Y durante el resto de la noche, Sofía se dedicó a lo que mejor sabía hacer: provocar.

Besaba a Celeste con exageración, deslizaba las manos por sus piernas de manera teatral, soltaba risas ruidosas cuando el momento no lo ameritaba. Todo en un esfuerzo desesperado por arrancarle una reacción a Amanda.

Pero Amanda no le dio el gusto.

Conversaba con Victoria y con su padre con total naturalidad, ignorando la escena como si Sofía no existiera.

Hasta que llegó el momento en que Amanda se levantó para ir al baño... Y Sofía la siguió.

Amanda apenas tuvo tiempo de lavarse las manos cuando la voz de Sofía la alcanzó.

—Mirá que te extrañe, eh.

Amanda alzó la vista al espejo y ahí estaba. Sofía, con la espalda apoyada en la puerta, con esa sonrisa de víbora impasible.

—No empieces —suspiró Amanda, secándose las manos con calma.

Sofía se acercó con pasos lentos, con la misma mirada que usaba cuando la tenía desnuda entre sus sábanas.

—Extraño lo que teníamos, Ki. Y se que vos también, no me mientas.

Amanda le sostuvo la mirada con frialdad.

—¿Lo que teníamos? ¿Cuando te cogías a Celeste mientras estabas conmigo? ¿Eso extrañás vos?

El rostro de Sofía se endureció —No compares. Celeste no significa nada. Nunca significó.

—Quédate con la india de tu novia —soltó Amanda con una media sonrisa venenosa— Que yo estoy más que bien con la caribeña que me como.

El golpe fue directo al ego de Sofía.

Amanda, sin darle oportunidad a responder, le dio la espalda y salió del baño, dejándola ahí, sola, con su propio veneno.

Cuando volvió a la mesa, Victoria la miró con curiosidad, pero Amanda solo tomó su mano bajo la mesa y le dedicó una sonrisa tranquila.

—¿Todo bien? —susurró Victoria.

Amanda la miró a los ojos, sintiendo en ese instante que Sofía no tenía poder sobre ella, que su pasado ya no le pertenecía.

—Perfectamente bien.

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𝐛𝐲𝐬𝐚𝐟𝐢𝐜𝐚

𝐌 𝐔 𝐒 𝐀 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora