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Amanda estaba sola en la sala sur del MALBA, con el cigarrillo apagado entre los dedos. La luz que bajaba del tragaluz era tenue. A esa hora no había nadie. La muestra seguía abierta al público, pero ese rincón estaba siempre vacío.
La mayoría no entendía sus nuevos cuadros. Mejor.
Apoyada contra una de las columnas, miraba uno en particular: un óleo violento, rojo, como si la carne y el deseo se hubieran mezclado en una sola pincelada. Era de sus preferidos.
— Disculpame, ¿vos sos Kitty?
Amanda no se movió. Solo giró la cabeza.
Una mujer alta, rubia, de traje gris claro, le sonreía con la elegancia justa. Ojos azules, rodete impecable. La reconoció.
Había algo intimidante en su belleza. Era más grande. Bastante más.
— Depende quién pregunta —respondió Amanda, con su voz baja, sedosa.
— Domenica Bellorini.
Amanda no ocultó el gesto de interés. Repitió el apellido en su mente. Le sonó a algo extranjero y, a la vez, firme. Juridíco.
Estiró la mano sin apuro.
— Amanda Costantini. Pero sí, me dicen Kitty.
Domenica le estrechó la mano con suavidad. El contacto duró medio segundo más de lo necesario.
— Me interesa este cuadro —dijo la abogada, señalando con la cabeza el óleo rojo.
Amanda lo miró. Y luego la miró a ella.
— ¿Cuál? ¿Ese?
— Sí. ¿Está a la venta?
Amanda se encogió de hombros con una media sonrisa. Caminó hacia el cuadro. Domenica la siguió. Amanda sabía que la seguía. Lo sintió.
— Depende de cómo se quiera pagar —vaciló Amanda.
— Transferencia, tarjeta, efectivo, lo que prefieras. Amanda negó con la cabeza.
— No acepto tarjetas. Ni billeteras virtuales. Tampoco cheques.
— ¿Solo efectivo?
Amanda se giró, lento. La miró desde abajo.
— Solo café.
Domenica alzó una ceja. Sonrió.
— ¿Un café a cambio de un cuadro? —se burló, Amanda se encogió de hombros—
— Podrías invitarme uno y charlar de nuevo. Tal vez ahí decida si te lo vendo.
Domenica guardó las manos en los bolsillos. Había una seguridad natural en ella. Esa clase de seguridad que no necesitaba mostrarse.
— ¿Eso hacés con todos los compradores?
Amanda la sostuvo con la mirada.
—No. Pero vos no pareces igual a todos. Silencio.
Domenica la observó. El vestido negro pegado al cuerpo, la espalda descubierta, el cigarrillo sin prender. Esa mezcla de impunidad y algo profundamente triste en los ojos.
— ¿Y cuándo aceptás invitaciones?
Amanda la miró con cierta ternura arrogante.
— Cuando me escriben.
—¿ A dónde?
Amanda deslizó su teléfono del bolsillo. Abrió Instagram. Le mostró su cuentasin decir nada.
Domenica la buscó, sin dejar de mirarla. Amanda vio cómo le temblaba apenas el pulgar.
— ¿Y vos? ¿Usas Instagram? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta—
— @dbellorini
Amanda la buscó nuevamente. Siete fotos. Todas de oficinas. Berlín, Recoleta, Sicilia, Nueva York, Paris, Luxemburgo, Londres... Rió por dentro.
— ¿No te gusta mostrarte?
— No. Prefiero mirar.
Amanda apagó el celular. Caminó hacia la salida. Iba a dejarla ahí. Sabía hacerlo. No necesitaba despedirse.
— ¿Te vas?
Amanda se giró antes de doblar la esquina.
— Si querés el cuadro, escribime. Si no... también. —Y se fue.
Domenica la siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo curvo.
Recién entonces miró de nuevo la obra. La firmita en dorado: Kitty.