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El regreso a la casa de la Costantini menor transcurrió en un silencio cómodo. Amanda conducía con la misma seguridad con la que hacía todo en su vida, mientras Victoria observaba la ciudad a través de la ventana del auto. Nordelta parecía brillar de una forma irreal bajo las luces de la tarde que moría lentamente. Las calles amplias, limpias y silenciosas contrastaban demasiado con las de su barrio en Puerto Rico, donde el ruido de la vida nunca se detenía.
Victoria hundió un poco los hombros en el asiento del copiloto, sintiendo de nuevo esa diferencia clavarse en su pecho. Había crecido en un mundo donde todo era improvisado, donde se aprendía a pelear con las uñas y a sobrevivir con lo puesto. Amanda, en cambio, vivía en un cuento de hadas moderno, con casas de arquitectura imposible y autos que costaban más que la cuadra entera donde Victoria había pasado su infancia.
—¿Estás en tu cabeza otra vez? —La voz de Amanda interrumpió sus pensamientos.
Victoria la miró de reojo. Amanda tenía una mano en el volante y la otra descansaba sobre su muslo, pero sus ojos verdes la estudiaban con esa intensidad que a veces la hacía sentir desnuda.
—Nah —mintió.
Amanda sonrió con incredulidad, pero no insistió. Sabía que no era del tipo que se abría fácilmente.
Cuando llegaron a la mansión, el portón se abrió sin que Amanda tuviera que hacer nada. Tecnología de otro nivel. Victoria tragó saliva. Bajaron del auto y entraron en la casa, donde el aroma a madera fina y flores frescas llenaba el aire. La casa de Amanda no solo era lujosa, sino que tenía una calidez que no esperaba encontrar en un lugar así.
—Vamos a arreglarnos, tenemos una cena que dominar —anunció Amanda, tomando la mano de Victoria y arrastrándola escaleras arriba.
El dormitorio de Amanda era digno de una revista. Amplio, con ventanales que daban al lago, un vestidor que parecía una boutique privada y un baño más grande que el apartamento donde Victoria había crecido.
—Date una ducha tranquila, mi amor. Hay batas en el vestidor.
Victoria asintió y entró en el baño, sintiéndose fuera de lugar otra vez. La bañera tenía chorros de hidromasaje, los productos en los estantes eran de marcas que nunca había oído nombrar, pero que seguro costaban más de lo que ella ganaba en meses.
Cerró los ojos y dejó que el agua caliente cayera sobre su piel. A veces se preguntaba qué hacía en este mundo, si en algún momento Amanda se despertaría y se daría cuenta de que ella no encajaba aquí.
Cuando salió de la ducha, encontró sobre la cama la ropa que Amanda le había elegido para la noche: un crop top negro ajustado, que dejaba ver su abdomen marcado y parte del tatuaje en su espalda, y unos pantalones de cuero que se pegaban a sus piernas como una segunda piel. Se secó el cabello con rapidez y lo dejó caer liso sobre sus hombros.