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ੈ✩‧₊˚*ੈ✩‧₊˚*𝐆𝐀𝐉𝐄𝐒 𝐃𝐄𝐋 𝐎𝐅𝐈𝐂𝐈𝐎* ੈ✩‧₊˚*ੈ✩‧₊˚

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El aire dentro del bar estaba cargado de electricidad.

Las luces de neón teñían todo de un azul decadente, mientras el humo de los cigarrillos flotaba perezoso sobre las cabezas de la multitud. La música vibraba en el suelo, en las paredes, en la sangre. Cada latido era un tambor de guerra invisible.

Victoria estaba en el escenario, bajo un foco solitario.

El beat pesado del trap envolvía el lugar, haciendo vibrar los vasos sobre las mesas.
Su voz, ronca y afilada como una navaja, se deslizaba sobre la pista con una mezcla adictiva de sensualidad y furia.

Cantaba como quien escupe verdades en la cara del mundo.

Victoria movía el cuerpo con naturalidad, como si la música brotara de su piel tatuada. El cabello castaño, liso y brillante, le caía sobre los hombros, y los tatuajes en sus brazos se asomaban descarados bajo la remera negra ajustada que dejaba su ombligo a la vista.

Los jeans anchos, gastados, colgaban de su cadera de forma provocadora, dejando asomar un fragmento de su ropa interior.
Cada movimiento era una provocación. Cada mirada, un desafío.

Amanda la miraba desde su mesa, incapaz de apartar los ojos

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Amanda la miraba desde su mesa, incapaz de apartar los ojos.

Victoria no era simplemente hermosa: era magnética, era una tormenta en carne viva. Cada palabra que salía de su boca parecía dirigida a ella, a Amanda.
Cada verso, cada rima cargada de rabia y deseo, la atravesaba como un disparo directo al pecho.

Cuando terminó la canción, la multitud explotó en vítores y aplausos.

Sus ojos azules barrieron el salón, buscando algo. Buscando a alguien.

La encontró.

El cruce de miradas fue un golpe seco, brutal.

Amanda sintió que el mundo alrededor desaparecía. La copa resbaló un poco entre sus dedos sudorosos. No había odio en esos ojos, no del todo. Había fuego. Había hambre.

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