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📍𝐒𝐄𝐌𝐀𝐍𝐀𝐒 𝐃𝐄𝐒𝐏𝐔𝐄𝐒 — 𝐌𝐈𝐓𝐀𝐃 𝐃𝐄 𝐀𝐁𝐑𝐈𝐋
La brisa nocturna de Los Ángeles traía un olor a asfalto tibio y jacarandas lejanas. Desde el salón del restaurante se escuchaba un murmullo de conversaciones y el sonido limpio de cubiertos chocando con platos. Afuera, la ciudad seguía despierta, pero aquí adentro todo estaba envuelto en luces tenues y madera oscura.
Era la cena de festejo por el final de rodaje de los tres videoclips. Una mesa larga, casi ceremonial, reunía a todos: Caleb hacía reír a Amanda con un chiste que no se podía contar en voz alta; Joshua discutía con Mauro sobre la mezcla final de un tema; Mariana pasaba fotos en su celular, y Andrea, con su habitual paciencia, escuchaba sin interrumpir.
Amanda estaba en el centro, la risa fácil y los gestos grandes, rodeada por la calidez de quienes le debían más que un trabajo. Vestía un vestido negro corto, sin pretensión, y tenía esa energía de anfitriona que disfruta mirar a todos y saber que, de alguna forma, los había llevado hasta ahí.
Domenica sonreía de vez en cuando, pero no participaba demasiado. Escuchaba. Observaba. Y sentía cómo el aire del lugar, por más agradable que fuera, empezaba a volverse denso.
— Voy a tomar un poco de aire —murmuró, sin necesidad de excusas elaboradas.
Caminó hacia el balcón del segundo piso. El pasillo que conectaba la sala con el exterior era estrecho y quedaba a media luz, iluminado apenas por lámparas de pared. Al empujar la puerta de vidrio, la recibió el contraste: el aire fresco, un rumor de tráfico abajo, y un cielo profundo, casi sin estrellas por culpa de las luces de la ciudad.
No estaba sola.
Victoria ya estaba ahí, apoyada en la baranda de hierro pintado, fumando. La brasa roja de su cigarro encendía su perfil cada vez que inhalaba. Llevaba un buzo negro con capucha y cadenas finas que brillaban bajo la luz del letrero del local.
Giró apenas la cabeza al escuchar la puerta.
— Bellorini... —dijo, con voz grave, arrastrando la última vocal. No fue un saludo. Fue un reconocimiento.
— No sabía que estabas afuera —respondió Domenica, cerrando la puerta tras de sí.
— Me ahogo si me quedo mucho rato allá adentro —Victoria dio una pitada lenta— Demasiadas luces, demasiado ruido... y demasiadas miradas.
Domenica avanzó unos pasos hasta quedar a su lado, dejando una distancia prudente. La baranda estaba fría al tacto. El viento les movía el pelo con suavidad.
Se quedaron en silencio unos segundos, mirando cómo las luces de la calle formaban líneas líquidas con el paso de los autos.
— ¿La amás? —preguntó Domenica, sin rodeos.
Victoria no respondió de inmediato. Exhaló humo hacia un punto fijo del cielo.
— Con toda mi vida —dijo al fin— Amarla es lo único que sé hacer, es lo único que se me da bien.
Domenica lo pensó un momento.
— Cantar se te da bien también.
Victoria soltó una risa corta, sin ironía.
— Se me da bien porque la amo a Kitty. Ella me empujó a eso. Como muestra de mi amor... trabajo, escribo, me esfuerzo hasta que se me parta el cuerpo pa' que se me dé bien. Pero sin ella... no lo haría.
El humo flotaba entre ellas como una tercera presencia.
— Es curioso —agregó Domenica, encendiendo su propio cigarrillo— Hablar así de una mujer a la que amamos las dos, y sin tirarnos de los pelos.
Victoria la miró de reojo, con media sonrisa.
— No tengo nada contra ti, Domenica. A ti te toca otra versión de ella.
— ¿Otra?
— Sí... —Victoria bajó la voz— Contigo está tranquila. Conmigo estaba al borde. Y no siempre para bien.
— Tal vez porque sabe que conmigo no tiene que elegir entre quedarse y arder —replicó Domenica— Puede hacer las dos cosas a la vez.
Victoria apoyó los antebrazos en la baranda. Sus manos, llenas de anillos finos, jugaban con el cigarro consumido.
— Entonces cuídala —pidió, más seria— Y no la dejes sola cuando mire pa' atrás. Porque siempre mira.
Domenica sostuvo la mirada, firme.
— Y vos... si algún día vuelve a vos, que sea porque lo eligió. No porque la arrastraste al fuego otra vez.
Victoria sonrió, un gesto breve y honesto.
— No te prometo nada. Pero... gracias por cuidarla.
Un golpe de viento las envolvió. Desde adentro, llegaba la risa inconfundible de Amanda. Ambas se giraron hacia la puerta de vidrio al mismo tiempo.
Amanda estaba ahí, a través del cristal, con un vaso en la mano y una mirada que no se decidía entre acercarse o dejar que la escena siguiera sin ella. Finalmente, abrió despacio, pero no cruzó el umbral.
— ¿Interrumpo? —preguntó, con una sonrisa que no ocultaba la curiosidad.
— No —dijo Victoria, sin apartar la vista del cielo.
Domenica la observó un segundo más, y luego se giró hacia Amanda.
— Todo bien. Estamos respirando un poco.
Amanda asintió y, en lugar de unirse, volvió adentro. La puerta se cerró, y el ruido de la música volvió a quedar amortiguado.
— ¿Ves? —murmuró Victoria, encendiendo otro cigarro— Siempre está... pero siempre se va.
— O siempre vuelve —corrigió Domenica.
No hubo más palabras. La ciudad, abajo, seguía ardiendo con neones y motores, mientras en ese balcón de Los Ángeles dos mujeres compartían un cigarro y un amor imposible, sin ser rivales... pero sabiendo que el fuego era el mismo.