𝟎𝟕|𝟐

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𝐄𝐍𝐓𝐎𝐍𝐂𝐄𝐒, 𝐕𝐄𝐍𝐈

Amanda caminaba por el pasillo de mármol con una bata de lino abierta, descalza, el cigarro sin encender entre los dedos

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Amanda caminaba por el pasillo de mármol con una bata de lino abierta, descalza, el cigarro sin encender entre los dedos. Se había duchado hacía veinte minutos, pero la piel seguía tibia. No era por el agua. Era por el cuerpo que la esperaba en el sillón.

Domenica estaba sentada de perfil, leyendo. Vestía una camisa blanca de lino y shorts de seda beige. Piernas cruzadas, copa de vino tinto a medio tomar, el cabello recogido sin pretensión. Tenía el tipo de belleza que no intenta nada. Y por eso mismo, lo logra todo.

— Me voy el miércoles —dijo Amanda desde el umbral, con la voz rasposa y dulce de siempre.

Domenica no levantó la vista enseguida. Terminó de leer el párrafo. Cerró el libro. Recién entonces la miró.

— ¿A Los Ángeles?

— Sí, Tana

— ¿Por cuánto?

— Una semana. Capaz diez días. —Amanda se acercó, lento— Empezó la producción del disco. Tengo que estar ahí. Mariana me manda los presupuestos, pero quiero ver el estudio, los clips, escuchar lo que están grabando. Sabes como soy...

— ¿Y la artista?

— Young Miko... Victoria —dijo Amanda, casi en un suspiro, como si el nombre aún tuviera filo.

Domenica asintió. Como quien escucha que va a llover — Perfecto.

Amanda la observó, esperando un gesto, un reclamo, una fisura. Pero no pasó nada. Porque Domenica no era de esas. No era insegura, ni curiosa. No jugaba a las adivinanzas con los sentimientos de los otros. Solo le importaba lo que estaba presente.

— ¿No vas a decir nada? —insistió Amanda.

— ¿Qué querés que diga, Ami? Sos libre.

Amanda tragó saliva. Se acercó. Le quitó la copa de la mano. Se la llevó a la boca. Bebió un sorbo.

— Decime que me vas a extrañar —pidió, con esa sonrisa rota que siempre usaba cuando tenía miedo.

— Te voy a extrañar como se extraña un verano en Sicilia —dijo Domenica, poniéndose de pie— Con calor en el cuerpo y la certeza de que va a volver.

Amanda la miró. Se le tensaron los músculos del abdomen. Se le curvó la boca como una trampa.

— ¿Y si no vuelvo..?

— Entonces lo habré vivido igual —respondió Domenica.

La besó con calma. Como quien no se despide, pero tampoco promete.

Y ahí, Amanda se quebró.

La empujó con el cuerpo hasta el comedor. Le desabrochó la camisa sin pedir permiso. La mordió sin palabras. La tiró sobre la mesa como si el deseo fuera una decisión tomada. Y lo era. Porque Amanda no sabía amar en partes. Era todo o nada.

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