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El silencio reinaba en el living, Rufina scrolleaba en su celular cebando ocasionalmente un mate y Victoria dibujaba en una servilleta que encontró por ahí; Amanda se daba un baño relajante, le hacía falta después de los últimos acontecimientos.
—¿Como podemos ayudarla, Piru? —cuestiona Victoria, sin dejar de dibujar—
—No se ¿Matando a Sofia? —responde Rufina, concentrada en su celular— No creí que se animara a tanto, es una hija de puta
—No se metan en quilombo ustedes dos —interrumpe Amanda, secándose el cabello con una toalla— Ya soy una persona renovada —asegura— ¿Piru, te quedas?
—No, gorda. Me voy a casa —asegura—
—Dame cinco que me cambio y te llevo —Rufina negó— Si, tarada
—Quédate en casa, con los ojos así hinchados no debes ver una mierda, Kitty —reprende— Vivo a dos cuadras de acá, no es el fin del mundo
Luego de un exhaustivo tira y afloje, Amanda cedió a dejar que Rufina se fuera sola. Si bien las calles de Nordelta eran seguras, ella no se quedaba tranquila.
—¡Me avisas cuando llegas! —exigió la morocha— Cuídate, Piru
—Si, mamá —rodó los ojos— Chau, Vi —se despide de Victoria—
—Bye, Piru —Amanda cerró la puerta y nuevamente quedaron solas—
Victoria bostezo y se estiró en el sillón, Amanda se acercó lentamente y se sentó a su lado, sonriendo.
—Que estes acá hace que los días de mierda no sean tan malos ¿Sabias? —cuestiona en un susurro inconsciente, como si su corazón estuviera hablando por si solo— Te extrañe un montón, Mikita
—¡Me pones pachosa cuando me dices cosas bonitas! —se cubrió la cara— Te extrañe más, baby. Puerto Rico no es tan cálido sin ti ahí
—Y Argentina no es tan fría con vos acá... —acercó poco a poco su cara a la de Victoria y le dio un beso—
Pese a la distancia y el tiempo que las había separado, no era un beso desesperado. Más bien, era un beso cálido, repleto de emociones no dichas pero que se daban por sentadas.
Amanda se trepó al regazo de Victoria, sin dejar de besarla. La castaña deseaba quedarse ahí para siempre, sin preocuparse por nada más y la morocha, quería que lo hiciera. Ese beso, subió la temperatura cuando la tatuada mano de Victoria comenzó a acariciar las nalgas de Amanda.
Amanda era carne, y la carne es débil; aún más cuando Victoria es quien quiere comérsela.
—Te extraño —susurro Amanda, necesitada— Extraño ese saborcito caribeño que tenes