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Condujo hasta la casa de su padre, aunque el estaría de viaje hasta la tarde siguiente. Su refugio se encontraba allí, en una pequeña habitación con una gran ventana con vista al lago y rodeada de olor a pintura y lienzo nuevo.
Quería descargar sus emociones en algún lado y en su cabeza, no cabía una idea mejor que pintar hasta que le sangrasen las manos por los cayos.
No se preocupó ni en quitarse la ropa mojada por la lluvia, solo corrió hasta el estudio, Amanda cerró la puerta de su taller como si intentara clausurar el mundo entero. El olor a óleo y trementina llenaba el aire, denso y casi asfixiante, pero no más que el nudo en su garganta. Con las manos temblorosas, agarró el pincel y comenzó a trazar sobre el lienzo, más con rabia que con intención. Las pinceladas eran torpes, desordenadas, cargadas de un dolor que no sabía cómo nombrar. Cada trazo parecía desgarrar su pecho, cada color era un reflejo del caos dentro de ella. Las lágrimas caían silenciosas, mezclándose con la pintura, dejando manchas sobre la tela y su piel. No pensaba, solo sentía. La traición ardía como fuego en su pecho, un dolor húmedo, crudo, insoportable. Los minutos se hicieron horas, pero ella no se detuvo hasta que sus manos, agotadas, soltaron el pincel. Se dejó caer al suelo, rodeada de lienzos, pinceles y manchas de pintura que eran tanto un desastre como un retrato de su alma rota. Allí, en el frío suelo de su refugio, se quedó dormida, con el corazón roto y la esperanza hecha añicos.
—Gorda, gorda —la voz susurrante de Rufina la despertó—
Tenía frío, mucho frío y su cuerpo tiritaba, Rufina le sonreía sentada a su lado ¿Cuando había llegado?
—Nora me llamo, entro y te vio tirada acá, pensó que podías necesitar compañía. Levántate, que ya hizo el desayuno —avisa, parándose del piso—
Amanda asintió levemente, se dirigió al baño principal y se dio una ducha rápida de agua hirviendo, dejando marcas rojas en su cuerpo por la temperatura del agua. El olor a café caliente invadió sus fosas nasales y se sintió agradecida de estar en casa.
—¿Me vas a contar que paso? —insiste Rufina, Amanda negó con la cabeza— ¿Te pego?
—Estuvo con otra en casa, y la otra me robó ropa —confiesa finalmente. Rufina abrió los ojos sorprendida, eso era caer bajo, incluso para Sofia—
Su mejor amiga no volvió a tocar el tema y Amanda agradecía el silencio por su parte, lo último que deseaba era repetir en su mente las mil y unas faltas de respeto de Sofia hacia ella, y hacia la relación.
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Amanda y Rufina se encontraban acostadas en la cama de la morocha, en silencio, cada cual con su celular e inmersas en su propio mundo, pero juntas.
Rufina tecleaba rápido en su teléfono, como si estuviera haciendo algo muy importante. Amanda scrolleaba sin mucho ánimo por las redes sociales.
—Levántate —ordena Rufina, Amanda frunció el ceño— No te puedo dejar acá pudriéndote en la mierda por culpa de una pelotuda, así que dale, vestite que nos vamos —advierte—
Amanda siente que su amistad con Rufina es un regalo invaluable, una conexión que trasciende cualquier vínculo convencional. Para Amanda, Rufina no es solo su mejor amiga, sino una hermana del alma, alguien con quien puede ser ella misma sin filtros, sin miedo a ser juzgada. Rufina siempre está ahí, con palabras de aliento, abrazos en los momentos más oscuros y risas interminables en los más brillantes.
"Es como si nos hubiéramos conocido en otra vida," piensa Amanda cada vez que comparte un momento con Rufina. Juntas han creado un refugio seguro, un espacio donde no existen las dudas ni las traiciones, solo amor y confianza incondicional. Cuando Amanda tiene un mal día, sabe que Rufina estará, lista para recordarle lo fuerte y valiosa que es.
Amanda valora profundamente cómo Rufina respeta cada una de sus decisiones, incluso cuando son distintas a las que ella tomaría. Le admira la forma en que Rufina siempre encuentra el equilibrio perfecto entre darle un empujón cuando lo necesita y simplemente estar a su lado, en silencio, sosteniéndola.
Para Amanda, esta amistad es un recordatorio diario de que las almas gemelas no siempre llegan en forma de pareja romántica; a veces, están en esa amiga que sabe todas tus cicatrices y te ama más por ellas. "No sé qué haría sin vos, Rufi," le dice Amanda entre lágrimas y risas durante una tarde cualquiera. Es un amor puro, un compañerismo que la hace sentir invencible.
Amanda sabe que, pase lo que pase, Rufina siempre será ese pilar firme en su vida, una constante llena de cariño, respeto y apoyo inquebrantable.