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Amanda ya no dormía, era imposible.
Estaba sentada en la alfombra, con la espalda contra la cama del hotel y las piernas cruzadas, en silencio. La tela del jumpsuit de modal negro le acariciaba la piel como si le dijera: respirá. Pero el cuerpo seguía en tensión, como si la ciudad le hablara desde abajo, desde las luces, desde lo que aún no pasaba.
Cuando golpearon la puerta no se sorprendió.
Sabía quién era. Abrió sin preguntar.
Con la capucha puesta, las Yeezy marrones que Amanda conocía bien, medias blancas. Sin maquillaje. El rostro sin esconderse.
— ¿Estás ocupada, mami? —preguntó bajito.
Amanda no contestó. Se corrió para dejarla pasar, pero Victoria no entró. Se quedó en el marco, con el celular en una mano y los ojos oscuros, cansados.
— ¿Podemos sentarnos allá? —señaló el pasillo— No quiero hablar adentro.
Amanda cerró la puerta tras ella. Caminaron unos pasos y se sentaron en el suelo, espalda contra la pared, como dos adolescentes escapadas del mundo. Era un pasillo amplio, con luz cálida y silencio de hotel caro: ese silencio que no es vacío, sino contención.
Victoria no habló enseguida. Sacó los auriculares bluetooth del bolsillo del chándal y los conectó al celular.
— Esto no es pa'l disco —dijo, sin mirarla— Lo escribí cuando te fuiste de Puerto Rico. No la terminé. Pero necesitaba que la escucharas.
Le tendió uno. Amanda lo tomó con suavidad.
— ¿Y por qué yo, Vicky?
Victoria se encogió de hombros.
— Porque fue pa' ti desde el primer verso. Amanda se puso el auricular. Cerró los ojos. Victoria dio play.
Vamo' a darle rewind Como le hago a tus storie'
Amanda sintió el aire hacerse espeso.
No fue solo nostalgia. Fue precisión. Fue esa necesidad urgente de volver a ver una imagen que no cambia, porque lo que se fue no se puede detener, pero al menos se puede repetir.
— ¿Rewind a qué? —preguntó con los ojos aún cerrados.
Victoria dudó.
— A esas noches... donde fuimos felices, antes de que te fueras.
Amanda se quitó el auricular. Lo sostuvo entre los dedos.
— Te acostaste al lado mío, me dijiste que me amabas. Y después dijiste que te ibas a quedar con Andrea.
— No tenía el coraje pa' hacer otra cosa —confesó Victoria, sin levantar la voz— Me dio miedo todo lo que sentía. Contigo no sabía quién era. Y con ella al menos me reconocía, o a lo que creía que era yo. Amanda la miró.
— Yo me fui porque no pensaba quedarme siendo la otra. Me vestí sin hacer ruido. Cerré la puerta sin mirar atrás.
Victoria apretó los labios.
— Yo sí te miré irte. Desde la ventana. Te vi subir a tu Camaro. Con mi hoodie puesto. Y me quedé como una pendeja, con el corazón reventao' y las manos vacías.
No eras tú, soy yo que la ponía difícil
Amanda sonrió. No con ternura. Con verdad.
—Pensé que era yo. Que había sido demasiado intensa. Demasiado sensible.
—Tú fuiste perfecta, mami —Victoria la miró de frente— Fuiste tan clara que me asustaste. Me abriste el pecho sin avisar. Me miraste como si supieras qué hacer con todo eso. Y yo... yo me escondí.
Amanda bajó la vista.
— ¿Sabés lo difícil que fue pensar que yo no alcanzaba? Que aunque te diera todo, elegías otra cosa.
Victoria se quedó en silencio. El pasillo parecía más angosto.
Amanda volvió a ponerse el auricular.
Lo que quiero es que le llegue' a mi ubi, yeah
— Eso... —dijo Amanda, sacándoselo de nuevo— ¿Querías que volviera?
Victoria asintió. — Pero sabía que no ibas a hacerlo.
— No. No iba a volver a un lugar donde no me eligieron. Aunque doliera.
Victoria giró la cara hacia ella. Su voz se quebró, pero no lloró.
— ¿Sabes lo que más me jode? Que ahora tú estás con alguien que sí te elige. Todos los días.
Amanda apoyó la cabeza en la pared.
— Domenica me ama, lo se. No me lo dice. Pero lo demuestra.
Victoria tragó saliva.
— Ella tiene todo. Voz segura, mirada firme. Sabe hablar de política y de arte. Sabe en qué copa se toma un malbec. Y yo... yo te escribo canciones sin sentido.
Amanda la miró, detenidamente.
— ¿Tenés celos de ella?
Victoria bajó la cabeza.
— No solo celos. Competencia. Porque ella puede darte una vida. Puede darte una familia, rutina, domingos de mercado. Y yo...
— ¿Y vos qué? —dijo Amanda, casi en un susurro. Victoria la miró. Ahora sí, con una fragilidad real.
—Yo se que te amo más que ella. Te amo desde antes de saber qué era amar. Te amo desde que construíamos castillos de arena. Desde que corrías en la playa en Añasco, con el pelo lleno de arena. Desde que me regalaste una caracola que aún conservo en casa de mi mami. ¿Y ella? ¿Ella sintió eso?
Amanda no pestañeó.
— No.
Hizo una pausa. Una pausa con el peso de los años.
— Pero sin sentirlo, me eligió. Y vos... sintiéndolo, no lo hiciste, Victoria.
Victoria cerró los ojos. Una sola vez.
Amanda se acercó. Apoyó la cabeza en el hueco de su cuello. Sintió el Eros Flame que ella le había regalado un día cualquiera. Sintió el shampoo de almendras. Sintió todo lo que no había dejado de extrañar, aunque intentara.
Victoria no se movió. Solo dijo, bajito
— Todavía escribo pa' ti, mami. Aunque duerma con otra. Aunque tenga entrevistas y shows. Es contigo que me nace. Contigo es que toda esta mierda cobra sentido.
Amanda se quedó ahí, respirando su olor. — No me abraces fuerte —pidió— No quiero que esto parezca otra despedida.
— No lo es —susurró Victoria— Solo es lo que somos cuando nadie nos mira.
Y así, en un pasillo alfombrado de un hotel de Los Ángeles, con el mundo dormido y dos vidas divididas volvieron a encontrarse.
No hubo beso. No hubo promesas.
Solo esa verdad callada que sucede cuando el amor nunca se fue