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Amanda llegó a la fiesta en un auto negro con vidrios polarizados

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Amanda llegó a la fiesta en un auto negro con vidrios polarizados. Rufina iba a su lado, con un cigarrillo entre los dedos, hablando sobre algo que apenas escuchaba. Algo de un contrato nuevo, una posible colaboración con un artista plástico que podría llevar sus obras a otro nivel.

Amanda la miraba de reojo, asintiendo mecánicamente. Pero su cabeza estaba en otro lado.

Había algo en el aire de la noche que le pesaba en el pecho. Tal vez era la sensación de estar en el lugar equivocado, de rodearse de personas que hablaban un idioma que ya no quería entender. O quizás era la ausencia de Victoria. La maldita ausencia de Victoria.

Las calles de Buenos Aires pasaban rápido por la ventanilla. Faroles parpadeantes, sombras de árboles, la ciudad latiendo con su ritmo nocturno. La fiesta era en un bar de Palermo, uno de esos lugares exclusivos donde la entrada no se pagaba con dinero, sino con conexiones. Rufina, con su habilidad innata para meterse en todos los círculos, las había conseguido un lugar en la lista.

—Dale, poné cara de que querés estar acá —le ordeno Rufina antes de bajar del auto.

Amanda intentó forzar una sonrisa. No funcionó.

Desde que entró, el ambiente le pareció pesado. No en un sentido literal, sino en esa forma intangible en la que un lugar puede hacerte sentir fuera de lugar.

La música vibraba en el aire, las luces eran bajas y estratégicamente posicionadas para hacer que todo pareciera más elegante. Grupos de personas reían con copas en la mano, influencers y celebridades argentinas se movían con la soltura de quienes saben que son el centro de atención.

Y entonces la vio a Sofía.

Estaba de espaldas, hablando con un grupo de gente que Amanda reconoció vagamente. Su postura era relajada, confiada. El vestido negro ceñido le marcaba la figura y su cabello caía en ondas cuidadas sobre los hombros.

Amanda sintió un golpe seco en el estómago.

No era sorpresa. Sabía que podía cruzársela en cualquier momento. Buenos Aires no era tan grande cuando se trataba de ciertos círculos.

Pero había algo en verla ahí, viéndose tan cómoda, tan atractiva, que la sacudió. No era amor, no era siquiera deseo. Era el recuerdo de esa noche en el auto. La urgencia, la complicidad de la infidelidad, el calor en la piel.

Le gustó. Y odiaba admitirlo.

Sofía giró la cabeza en ese momento, como si hubiera sentido su mirada. Y cuando la vio, su expresión cambió sutilmente.

Una leve sonrisa, una chispa de interés en los ojos.

Amanda conocía esa mirada. Era la mirada de alguien que sabía que tenía poder sobre otra persona. Y a Sofía le encantaba tener poder.

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