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El desayuno transcurría entre cucharas, chistes internos y vasos con jugo. Amanda se había servido panqueques con banana, aunque no tenía hambre. El grupo hablaba encima: Caleb exageraba una anécdota con un fan que lo había confundido con Mike Towers y Mariana corregía los detalles como si de eso dependiera el futuro de la humanidad.
Amanda dijo lo de los pasajes casi en voz baja, mientras alcanzaba la manteca.
— Capaz me vaya hoy.
Todos se quedaron en silencio un segundo. No largo, pero suficiente. Mariana fue la primera en romperlo.
— ¿Y eso? Pensé que tenías unos días más.
— En teoría sí, pero si está cerrando el tema. No sé.
— Quédate —planteó Victoria, sin levantar la voz.
Amanda la miró. No como si no hubiera entendido. Como si no esperara que lo dijera así, delante de todos.
— No sé, Vi. Me tengo que fijar.
— Por fa —insistió Victoria, esta vez en tono bajo, casi íntimo— Quédate. Unos días más. No te vayas todavía.
Amanda tragó saliva.
Joshua le guiñó un ojo desde el otro extremo de la mesa.
— Mira que si te vas, esta se deprime. Se pone insoportable.
Victoria le tiró una servilleta a la cara, pero no lo desmintió.
Amanda asintió, sin decir que sí del todo, pero tampoco negándose. Joshua levantó su vaso.
— A brindar por las decisiones precipitadas. Las mejores de la vida.
La llamada a Domenica la hizo desde el baño de la habitación. Se sentó en la tapa del inodoro, con las piernas cruzadas y el celular en una mano. Había escrito y borrado el mensaje tres veces antes de animarse a marcar.
—Hola, Ami. ¿Todo bien?
— Sí, amor. ¿Vos?
Amanda sonrió, pero le temblaba un poco la mandíbula.
— Escuchá, tengo que quedarme un par de días más. Hubo un problema con un tema. Se perdió una parte del proyecto y están regrabando.