¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
La puerta apenas crujió cuando Amanda la abrió. Victoria no tocó fuerte. No hacía falta. Era como si supiera que la estaban esperando.
— Hola, amor —dijo Amanda, apenas un susurro.
Victoria no respondió con palabras. Solo la miró. Esa mirada suya que decía más que cualquier verso que pudiera escupir en una pista. Amanda estaba descalza, con una remera vieja que apenas le tapaba la ropa interior, el pelo revuelto como si el día se lo hubiese sacudido sin permiso. Y aún así, se veía perfecta. Como siempre.
— ¿Pasás?
Victoria entró sin apuro. Con ese paso suyo medio ladeado, seguro, como si caminara al ritmo de un beat que solo ella podía escuchar. No traía nada en las manos. Ni flores, ni comida, ni excusas. Solo traía su cuerpo, su voz, sus ganas de estar ahí. De estar con Amanda.
Se sentó en el sillón, sin decir mucho. Amanda cerró la puerta y se acercó. En el aire flotaba esa tensión eléctrica que solo se forma cuando dos cuerpos se conocen tanto que el roce de un dedo puede incendiar todo.
— ¿Querés agua, algo?
— Te quiero a ti, mami.
Amanda sonrió de costado, con esa sonrisa que usaba cuando quería desarmarla. Se sentó a su lado, las piernas apenas rozándose. No se tocaban, pero estaban al borde. Como siempre. Como si algo las estuviera empujando a fundirse, pero todavía se resistieran.
— ¿Viniste a buscarme o a escaparte? —preguntó Amanda.
Victoria no respondió enseguida. La miró. Le tomó la mano, y con el pulgar le acarició la palma como si ahí, justo en esa línea, pudiera leer su destino.
— Ninguna de las dos. Vine a estar contigo. Porque no sé qué va a pasar mañana, pero hoy... hoy quiero esto.
Amanda se acercó apenas más. La distancia era una ficción en ese punto. El beso fue inevitable. No porque lo buscaran, sino porque lo necesitaban. Porque lo pedía el cuerpo, la historia, las promesas no dichas.
La habitación se volvió un santuario. Las cortinas corridas, la luz tenue. No era noche todavía, pero el tiempo se había detenido en ese cuarto.
Amanda se deslizó sobre Victoria, montándola con calma, con deseo. Las piernas entrelazadas, los besos entrecortados, las palabras cayendo como gotas de sudor.
— No sabés cuánto te extrañé, linda —le susurró Amanda al oído, con la voz cargada de emoción y lujuria.
— Dímelo así, mami... con la boca, con el cuerpo... con todo —respondió Victoria, jadeando entre caricias.
Se besaban como si pudieran comerse el dolor. Amanda bajó por su cuello, por su pecho, con una ternura ardiente, mientras Victoria se arqueaba bajo ella, mordiéndose los labios, perdida en la forma en que Amanda la amaba.
Después, fue Victoria quien tomó el control. Se giró con agilidad, la colocó debajo, le sacó la remera con delicadeza, casi con devoción. Amanda la miraba con los ojos brillantes, con el corazón latiendo a mil.
— No me hagás esto si te vas a ir después —le suplico Amanda, casi en un hilo de voz.
Victoria no respondió. Le besó el pecho, la cintura, la piel como si se le fuera la vida en eso. Las manos de Amanda en su espalda, las uñas clavándose en la curva de su cadera. Se encontraron una y otra vez, sin apuro, sin ansiedad. Con ese ritmo que solo tienen quienes saben que el cuerpo también puede decir "te amo".
La penetración fue lenta, precisa. Una se abrió a la otra sin miedo, como si el alma se colara entre sus dedos. La respiración se mezclaba. Las voces se rompían en gemidos y promesas rotas.
Más tarde, cuando el cuerpo ya no tenía más que dar, cuando solo quedaba piel con piel y una sábana arrugada entre las piernas, fue Amanda quien habló.
— ¿Y ahora?
Victoria acariciaba su cabello, con la cabeza apoyada en su pecho. Parecía tranquila. Pero sus ojos miraban al techo como si ahí estuviera escrita una respuesta que no llegaba.
— Ahora te tengo aquí, baby... y no quiero pensar en más nada.
Amanda bajó la mirada. Le tomó la cara con una mano.
— ¿La amás?
— No. A Andy la respeto, la cuido. Es lo seguro. Está ahí, siempre. Pero a ti... a ti te amo con todo lo que tengo. Contigo siento que soy de verdad.
Amanda tragó saliva. Le temblaban un poco los labios.
— Entonces elegime.
Victoria la miró, y ese silencio fue como un derrumbe.
— No puedo, mami... no puedo dejar todo. No ahora.
Amanda cerró los ojos. Se abrazaron fuerte. Fuerte como si el cuerpo pudiera retener lo que el mundo les quitaba. No lloraron. No hacía falta. Había algo más profundo que el llanto en ese momento: la certeza de que a veces, el amor no alcanza.
Se durmieron así, abrazadas. Amanda sintiendo en su piel lo que mañana extrañaría. Victoria respirando sobre su pecho, como si pudiera detener el tiempo. Como si, por una noche, todo fuera suficiente.
Al día siguiente, cuando Victoria despertó, Amanda ya no estaba.
Solo había un papel sobre la almohada, escrito con su letra:
"Te amo, pero no puedo seguir siendo lo que escondés. Vos sabés dónde encontrarme, si algún día te animás a elegirme."
Victoria lo leyó sin moverse. Lo dobló despacio, lo guardó en su bolsillo. Miró la ventana. El sol ya entraba con fuerza. El día había empezado. Y ella, por primera vez en mucho tiempo, no sabía a dónde ir.