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Las luces de la boutique eran cálidas, tenues, diseñadas para hacer que cada prenda brillara como si fuera una joya. Pero Amanda no veía nada. Su mirada recorría las perchas sin realmente enfocarse en nada específico.
—Esa cartera no la tenés ya en otro color, Kitty? —Rufina le preguntó, apoyándose en una columna con los brazos cruzados.
Amanda la miró un segundo y luego volvió la vista a la Bottega Veneta en sus manos.
—Da igual. La compro.
Rufina suspiró. No dijo nada mientras Amanda pagaba sin pestañear, sumando otra compra impulsiva a su colección de cosas innecesarias. Era su manera de llenar el vacío, de darle una forma concreta a lo que sentía. Como si un par de tacos nuevos pudieran reemplazar la presencia de Victoria.
Después de pagar, se sentaron en el café de la tienda. Amanda sacó su teléfono y, casi sin pensarlo, abrió sus redes. Ahí estaba.
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Amanda apretó el teléfono entre los dedos y le subió el volumen al video promocional. El beat retumbó en sus oídos, la voz de Victoria era fuego puro, agresiva, feroz. La rompió. Sentía el pecho lleno de orgullo y nostalgia al mismo tiempo. No lo dudó.
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Amanda sintió un nudo en la garganta. Tan seca. Tan distante.
Rufina, que la observaba con la precisión de alguien que la conocía demasiado bien, le sacó el teléfono sin preguntar.
—Te está respondiendo por compromiso.
Amanda apartó la vista y se recostó en la silla.
—Está ocupada.
—No, está en otra —corrigió Rufina sin rodeos.
Amanda ignoró el comentario y abrió WhatsApp. Estaba en el grupo del equipo de Victoria, donde todos estaban celebrando el lanzamiento. Sin pensarlo demasiado, escribió:
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Al menos ahí, su presencia aún significaba algo...
📍𝐏𝐔𝐄𝐑𝐓𝐎 𝐑𝐈𝐂𝐎
El estudio de grabación olía a humo de cigarro y a ron derramado. La energía era explosiva. Todos estaban celebrando como si hubieran ganado un Grammy en vez de lanzar una canción. Victoria estaba en el centro de la fiesta, con una botella de Medalla en la mano, riéndose fuerte con su equipo.
Cuando sintió que su teléfono vibraba, lo sacó del bolsillo con poca atención.
El mensaje de Amanda estaba ahí. "Te amo infinito"
Victoria tragó en seco.
Respiró profundo y escribió rápido, sin pensar demasiado. Apenas envió el mensaje, Mariana se apareció a su lado y le quitó el teléfono de la mano.
—¿Qué carajo? —Victoria frunció el ceño.
Mariana leyó la conversación y luego le dio una mirada de advertencia.
—No podés hacerle esto, cabrona.
Victoria bufó, llevándose la botella a los labios.
—¿Hacerle qué? Le respondí.
—No, le diste un mensaje vacío y seco. Y Amanda no se merece eso.
Victoria se pasó la mano por la cara. No tenía energía para esto ahora.
—Mara, no empieces—murmuró, pero su mejor amiga no se detuvo.
—Mira, si la amas, decíselo. Demostráselo. Amanda está allá, apoyándote en todo, a la distancia, en las buenas y en las malas. ¿Y si no la amas? Entonces díselo también. Pero no la confundas, loca.
Victoria sintió que el pecho se le apretaba.
Claro que la amaba. La amaba tanto que dolía.
Pero su vida estaba cambiando demasiado rápido. Todo lo que había soñado estaba pasando de golpe y tenía miedo de arrastrar a Amanda en el torbellino.
No respondió. Solo se metió más en la fiesta.
Una cerveza tras otra. Una calada al blunt que pasó de mano en mano hasta que lo tuvo entre los dedos.
Dio una fumada larga y cerró los ojos.
No quería pensar en Amanda.
No quería pensar en lo que Mariana le había dicho.
Solo quería reírse con su equipo, sentirse invencible por un rato, pero en el fondo, la grieta entre ellas seguía creciendo.